Limes y diretes 0 y 1

11-01-2012. En una mañana bastante fresca, con alternancias entre el grado negativo, y el positivo, y con el sol muy cerca, pero con muy poco gancho y, además, tras la estacional nieblina zaragozana, henos dispuestos a meternos en el jardín de los límites, perímetros, anillos, cinturones, como demonios se les denomine, de esta ciudad, desde el romano Pomerium, hasta el infinito, y más allá. Doctores, sectas, eruditos, escuelas, amén de organismos públicos y parásitos privados, han escrito abundantemente sobre este tema, produciendo una consecuente rica cartografía que más aturde, confunde, y hace bien complicado tratar de establecer un consenso al respecto. Como siempre.

Desde la modestia de la praxis de quienes peripaseamos, pateamos, y en ocasiones hollamos, día sí, y noche también, esta ciudad y su vasto entorno, hasta decir basta, hemos decidido establecer nuestros propios limes de la ciudad, tras concienzudos estudios, y siempre guiados por principios de libertad, igualdad, solidaridad, justicia social, y servicio público, democrático, y científico. En tiempos de recortes de derechos, no nos privamos de decirlo todo, empleando las palabras y el espacio que hagan falta. Faltaría más.

Bien. En esta jornada vamos a circunvalar los perímetros 0 y 1, correspondientes el primero al originario de la colonia Caesaraugusta, y el segundo a su extensión hasta la alta Edad Media. La numeración se corresponde a que, habiendo un tercer y cuarto cinturones, llegar a las capas de la cebolla 2, 1, 0, es sólo cuestión de intentarlo. Como los perímetros 0 y 1 están íntimamente ligados, coincidiendo en una parte de su recorrido, vamos a recorrerlos en espiral, cosa de la que, de puro rarita, y hasta la fecha, nadie ha dejado testimonio. Mas vamos a hacerlo y, al menos en esta primera jornada, será sólo por la parte africana de la ciudad, esto es, la margen derecha del Ebro, porque la margen izquierda ha estado hasta hace bien poco mucho menos articulada y conectada, porque los romanos sólo pasaban por allí camino de Ejea, de Huesca, o Barcelona, ya que la inmensa mayoría de los puentes (elemento vertebrador para poder hablar con propiedad de cinturones) han sido obrados en el siglo pasado.

Así las cosas, el perímetro 0 sería el que marca el exterior del rectángulo de la original Colonia romana articulada en torno al Cardo Maximus y al Decumanus, siguiendo los actuales viales conocidos como Echegaray y Caballero, Coso Bajo, Coso Alto, y César Augusto.

El perímetro 1 sería el resultado de la ampliación de la ciudad romana que, en casi cinco siglos de estadía hegemónica, y aun no contando ni con poceros ni con paristas, algo se habría extendido. Los actuales viales de Echegaray y Caballero, Alonso V, Asalto, La Mina, Constitución, Pamplona, y la integralidad de César Augusto conformarían su perímetro que, en su parte sur, vendría delimitado por el natural de la margen izquierda del río Huerva.

Es esta comunión entre los dos perímetros, que comparten su recorrido norte, y una parte del este, la que nos hace realizar el movimiento en espiral, comenzando por el 1 (puente sobre Huerva, en la confluencia de Asalto, La Mina, y Miguel Servet), y terminando en el 0 (confluencia Coso Alto con César Augusto). Mas vamos por partes.

A poco de comenzar el peripaseo, desde el antiguo Puente de San José sobre el Huerva, el fresco, mezclado con mi torpeza, defunciona la cámara. Como sin imágenes esto no se lo creería nadie, nos subimos a un cercano árbol para pillar pilas, a ver si. Funciona la cosa, y continuamos, por Paseo La Mina, con el Huerva a la izquierda. Dejamos atrás la inexistente Puerta Quemada, la torre de San Miguel y el acceso a su parroquia, y pasamos por el monumental Garaje Aragón, el centro de convivencia para mayores Pedro Laín Entralgo, la trasera de El Arte Cristiano, La Caridad, y la Mutua Instructiva Palafox (así se denominó durante la II República al Colegio del Sagrado Corazón). Coches, coches, coches.

Llegamos al Paseo de la Constitución, justo encima del Huerva. Zona fundamentalmente residencial, en ella encontramos la sERE central del sindicato Comisiones Obreras, la Residencia Femenina “Religiosas de María Inmaculada”, el lugar donde estaba la Puerta de Santa Engracia, y la que sí está parte trasera de Santa Engracia. Coches, coches, coches.

Tras cruzar las obras del tranvía (¡viva el tranvía!), que van que van, llegamos al Paseo de Pamplona, con el ojo del Gran Hermano militar dándonos los buenos días. Coches, coches, coches. Enseguida, la existente Puerta de El Carmen, y embocamos raudos en César Augusto, con más coches, coches, coches. Tras la Guardia Civil, el demonio exasperado por la suerte del viejo Teatro Fleta sito, tal vez, sobre un cacho del circo romano. El viejo hotel Corona de Aragón, la antigua iglesia del dominico convento de San Ildefonso con su singular arco con bóveda de cañón (hoy Iglesia de Santiago el Mayor).

Cruzamos el Coso Alto, para retomar la compaña de las obras del Tranvía (¡viva el tranvía!) en todo este tramo de César Augusto, en el que coinciden el perímetro 0 y 1. Al otro, las Escuelas Pías. Encontramos trazas de la muralla romana en y bajo nuevas casas antes de la calle Perena. El majestuoso Mercado Central saluda el cese de la violencia motorizada, y casi no se lo cree aún. Enfrente, en los porches, un establecimiento confesional vende jesusitos empeluchados, rubios, de ojos azules, sin cruz, para mayores de 0 años. Cruzamos la natural continuidad del Decumano (Predicadores), y llegamos al tramo de murallas romanas, Torreón de La Zuda, San Juan de los Panetes, y la extinta Puerta Tripería. La ausencia de coches me produce pasmo, pero del bueno, o tal vez sea el relente que llega del cercano río.

Agarramos Echegaray y Caballero, entre operarios de obras, patos, una garza, y el río, por supuesto, que hacen más llevadero un largo tramo especialmente árido, conformado por edificios feos y confesionales, que tienen su parte de responsabilidad en que la ciudad haya estado de culo al Ebro tanto tiempo. La extinta Puerta de El Ángel se correspondía con la entrada al Cardo Máximo, hoy Don Jaime, a cuya derecha quedan los civiles edificios de La Lonja, y del Ayuntamiento. A su izquierda, siguen los dominios eclesiásticos, y por sugerencia del señor Tausiet, que ya lo conocía, entramos a la parte en que no hay que pagar del novísimo Museo Diocesano, habilitado en la parte norte del Palacio Arzobispal. Un amable recordatorio a la entrada nos dice que el gran hermano cura ojo que nos mira, y vaya que sí. Vamos a la cafetería, que es la parte en que sólo hay que pagar por las consumiciones. Un revitalizante café favorece la circulación por todos los miembros. Un vistazo a una reproducción de la Vista de Zaragoza, de Juan Bautista del Mazo y Velázquez (1647), nos entretiene un buen rato identificando lugares, existentes aún, o no. Notamos crecer el nerviosismo confesional, pues estamos a unos centímetros de la taquilla de cobro, y no parecemos dispuestos a financiarles más de lo que ya hacemos sin querer. Salimos por una acristalada puerta desde el bar hasta el patio del Museo, que conecta con la plaza de las catedrales. Tras retratar la cena de Viridiana, en versión ortodoxa, se nos aparece el encargao, recordándonos dos cosas: que hay cámaras de vigilancia (los carteles ya lo advierten), y que no se puede hacer fotos (no hay avisos al respecto). Pues vale. Nos vamos a donde no se respire tanta inmundicia, y volvemos a nuestra ruta, adonde estaba la Puerta del Sol, donde nacen hoy el Coso Bajo (continuación del perímetro 0), y Alonso V, por donde vamos a continuar.

A la derecha se levantan restos rehabilitados de la medieval muralla, en una zona con restos de quintas y casas romanas, algunas estudiadas y enronadas, y otras directamente enronadas para gloria del progreso y el negocio inmobiliario. A la puerta del Albergue, un tranquilo perro homeless abrigado, pero homeless, en definitiva.

Ya en la calle Asalto, a la izquierda, el principio del Parque Bruil; a la derecha, el Centro de Historia-de Historias, con el viejo Convento de San Agustín. Hay un buen trecho de la muralla medieval que ha sido reconvertido en muro de cierre de las viviendas sobre ella levantadas. Mientras, a la izquierda, el Corral de la Leña, que usted le pregunta a cualquiera que qué es eso, y a ver qué le responde. Haga la prueba. Terminamos ya el periplo de unos 4,300 km por este Perímetro 1, entre los bares de la izquierda, el Huerva, a la derecha, y la cabeza de Servet, en medio.

El hollaje del Perímetro 0 fue bastante más rápido, por ser de un recorrido más corto (2,700 km), y porque, al compartir su parte norte y este con el Perímetro 1 (Echegaray y Caballero, César Augusto), que acabamos de realizar, se reduce a un cotidiano paseo por el Coso Bajo y Coso Alto.

En el Coso Bajo hacemos una preceptiva parada para recordar el viejo edificio de la Universidad, demolida, en cuyo solar, al menos, hay hoy un instituto público. Al lado, la Plaza de la Magdalena, con esa torre encantadora, y con los pocos restos de la puerta que daba acceso al Decumano. Continuamos hasta llegar al viejo café Ideal, luego Windsor,más tarde Nuevo Windsor, y hoy Ideal-Windsor. El edificio de viviendas contiguo tiene abierta la puerta y, como gatos, nos metemos en un patio que yo desconocía hasta la fecha. La trasera del Seminario de San Carlos, en cuyo solar estuviera la sinagoga mayor, porque estos lares conformaban entonces el corazón del barrio judío. Poco queda de ello, y lo que queda, aunque realmente existente, sólo virtual, no visitable: los baños. Llegamos a las Piedras del Coso, donde el solar que marca el inicio del Coso Alto, sigue sin saber si van a ser galgos, o podencos.

Hasta la Plaza de España, este tramo del Coso es bien soso, aunque esté el Teatro Principal. Ya en la Plaza, paramos a ver las piedras de la muralla que no han roto al hacer el centro comercial de Puerta Cinegia, otra de las puertas que fueron, y no hubieron nada. Para casi todo hay una primera vez, y esa fue mi primera vez de subir escaleras y contemplar el Paseo de la Independencia desde cierta altura. Desde aquí, el Monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria me sigue pareciendo igual de repulsivo. Más me gusatía que regresara Neptuno del Parque, a ver si así le dejaban de fastidiar el tridente. Vuelvo a ver, también, el pequeño patio gótico que no veía en años, ahora integrado a la fuerza en el centro comercial aunque, al menos, sigue en pie.

Las obras del tranvía (¡viva el tranvía!) desde la Plaza de España, están modificando radical y afortunadamente el Coso Alto, donde el Casino Mercantíl, el Palacio de Sástago, el antiguo Bazar X, el antiguo Banco de Aragón, el nuevo Banco de Aragón, la Plaza de San Roque (con el extinto Arco, la iglesia de la Mantería, y el edificio de “La Adriática”), el Palacio de los Condes de Morata o Luna (actual sede del Tribunal Superior de Justicia de Aragón). Promesas para un futuro más despejado de humos y ruidos.

Y llegados a este extremo del Coso, se acabó la labor de hoy, y nos vamos a comer a la Casa de Andorra para celebrar que hoy está siendo un buen día, aun sin sol, con fresco y, de momento, algo de apetito. Pasa un 38 y lo pillamos, que nos deja en la misma puerta.

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Tránsito

31-12-2011. De cualquier manera, había que celebrar que había sido 2011 un buen año para la práctica peripaseística. Por ello, decidimos celebrar el tránsito de año de cualquier manera. Y un común acto reflejo, o tal vez el espíritu santo que peripaseaba por allí, nos iluminó que no hay otra manera que la propaganda por el hecho, de manera que allá que nos fuimos, ribera arriba del Ebro, buscando encontrar fortuna o, tal vez, más tontuna.

Y mientras el común empezaba la ingesta de los segundos abundantes platos, agarramos carretera sin manta, y allá que nos fuimos, circulando por una ciudad agradablemente tranquila, esto es, sin coches ni estruendos viarios varios. Las principales vías aparentan silenciosos escenarios post-apocalípticos, o pre-zombies, que vendría a ser casi lo mismo. Tranquilos, en todo caso. Hace fresco mas, al no soplar cierzo, no es un fresco siberiano. Por la Autovía del Ebro vamos remontando el idem, dejando a uno y otro lado localidades ya periholladas, entre una clamorosa ausencia de tráfico rodado. Estamos solos, y no sólo no nos quejamos, sino que nos parece hasta bien.

Y así llegamos, tras algo más de 16 km., al desvío hacia Sobradiel. Es una noche de boca de lobo, y conforme nos alejamos de la gran urbe, se van revelando las mínimas luces de galaxias y constelaciones, invisibles desde río abajo. Entramos al pueblo cuando el común ya está dando buena cuenta del segundo plato. Oímos el bullicio tras las puertas de las casas, mientras iniciamos nuestro recorrido por entre ellas. Es un pueblo bastante majo, con personalidad propia la parte consolidada, por donde da gusto pasear, y con la habitual parte despersonalizada a base de adosados y viviendas que están aquí, como podrían estar en casi cualquiera otras partes. En este pueblos han caído bastantes perricas de cuando había vacas, y las han invertido en arreglar edificios rotos. Ya veremos si ahora les llega para mantenerlos abiertos, funcionales, y con personal en dignas condiciones laborales.

Notable diferencia de los peripaseos diurnos es la dificultad de, sin flashes, dejar huella visual, mas lo intento, hasta que fallecen las pilas de la cámara, de puro toquiteo sinsentido. Lo bueno es que, al menos, no hay posibles contraluces en la barroca, y muy restaurada, iglesia de Santiago, sino sólo sombras, y oscuridad, y ello permite que, de cerca, casi no se vean las dos torres que, tras la intervención, bien parecen barroco-marcianas. La parte de la Casa Consistorial presenta un patio con llamativas erupciones que, según como se miren, parecen de colores. Vamos finalizando la vuelta, cuando encontramos el primer cartel del mundo coherente, en el que Madrid se escribe tal y como lo pronuncia buena parte del común. Un figurado árbol de los deseos en colorines nos recuerda que tenemos el estómago gritando desde hace rato que le echemos algo.

Dejamos el pueblo y, por una carretera pronto pista, nos vamos al embarcadero, a cenar, que ya es hora. Iluminados por el coche, preparamos las magras viandas que, en un entorno espectacular, bien ricas saben. Sobre al barcaza, apagadas las luces, los ojos se van acostumbrando a la luz de la oscuridad, y se nos aparece el Ebro, los cortados de El Castellar (en la otra ribera) con sus nombradas salinas, el deslumbrante fulgor de Zaragoza y, por encima, una bóveda estampada de lucecitas que se concentran especialmente en la Vía Láctea. Bien pocos ruidos, la verdad. Del río nos llega una progresiva sensación térmica de congelamiento por mezcla de frío y humedad. Abandonamos la barcaza, y como la cena ha sido rápida, nos da tiempo de tomar las uvas en otro sitio.

A pocos kilómetros en dirección N-W llegamos a Torres de Berrellén. No logramos testimonios gráficos, por las circunstancias antes descritas, de nuestro paseo por el casco, especialmente por la bonita plaza con la Casa Consistorial renacentista en color azulete, y una casa-palacio barroca y rosada. Nos cruzamos con tranquilos gatos, rollizos de bien cenados. No logramos encontrar la iglesia, y eso que la torre mudéjar bien destaca, aun dando vueltas y vueltas. Y nos dieron las uvas, así que nos fuimos a un peculiar enclave en el que, casi con seguridad, hasta esa noche habría vivido pocas celebraciones de tránsitos de año. De los otros tránsitos, seguramente más. Tras la ingesta de las preceptivas 12 uvas y media que salen en los tarros unipersonales, bañadas en un siniestro líquido, atacamos el turrón (hasta la fecha, el único que he ingerido en años) y unas burbujas con las que brindar por nuevos y fascinantes peripaseos en un año en el que, lejos de acabarse algo, es el del comienzo de todo.

Mientras calles y carreteras volvieron a repoblarse con gentes en busca de sus particulares marion cotillards, nos vamos hacia Pinseque, al otro lado de la Autovía del Ebro. Nuestro paso fue lineal, raudo y, como en Torres, fallido, pues la mudéjar torre de San Pedro, visible desde bien lejos, se nos fue yendo de la vista conforme nos acercamos a ella, la perdimos, y ya no la encontramos. Curioso fenómeno éste, el de las torres perdidas. Por la Avenida del Canal llegamos, sorprendente, al mismísimo Canal Imperial, nuestra más apreciada obra de ingeniería civil dieciochesca. Remontamos su curso un rato, hasta llegar al río Jalón, que no atravesamos, porque damos un giro a los acontecimientos, volvemos a la Autovía del Ebro, y de vuelta a la urbe, tras un tránsito de año sorteando peligros, pericias, y hasta permanencias.

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La Muela

22-12-2011. Un día de cierzo no es cualquiera cosa por estas latitudes, como bien comprobaron (tarde) los romanos que fundaron alegremente la ciudad. Este viento norte se nos lleva nubes, olores, hojarascas, bolsas de plástico, mas también el sentido y la razón cartesiana, de ahí que gestas y arrebatos, en cualquiera de sus denominaciones, sean característica antropológica titular, y ciertamente peculiar, de quienes moramos esta parte del valle. Que había que subir a La Muela, pues subimos, aunque para ello se nos tengan que secar los pocos sesos que nos quedan. Por el Tercer Cinturón y Los Enlaces agarramos, pues, la vieja carretera de Madrid y la autovía hacia una de las cuatro alturas que delimitan a Zaragoza: La Muela (las otras son la Plana, el Castellar, y la Sierra de Alcubierre). El que esta altura y sus poblaciones pertenezcan a otro partido judicial y otra Comarca, es más un accidente, mas así son las cosas.

Hacemos una primera inspección rutinaria al Polígono Centrovía, de casi 3 millones de m² de superficie, que es como decir una inmensidad gigantesca. La pronunciada pendiente sobre la que se asienta le otorga una buena visual del valle del Ebro y, en días ventosos como éste, alcanza a Zaragoza, Alcubierre, y los distintos escalones de los Pirineos, culminando en sus ahora blancas cumbres finales. Anchas calles, decenas de naves industriales, parcelas enormes, y algunos solares de proporciones babilónicas, apabullan a quienes somos de pueblo. Nos sobrevuelan bastantes aeronaves militares, como ya es rutina para todo el arco del suroeste zaragonano. El edificio de Aranade, la sociedad urbanística pública del Ayuntamiento de la Muela que gestiona comercialmente el Polígono, asemeja un moderno y funcional tanatorio, porque la buena arquitectura contemporánea debe ser abiertamente polifuncional, bien para buenos, bien para malos tiempos.

Cruzamos la autovía y nos sumergimos en la transparente miseria de Ciudad Zaragoza Golf, proyectada urbanización ilusoria de más de 2.500 viviendas de lujo cuya realidad hoy es un bloque de viviendas protegidas con una veintena de habitantes, varios esqueletos de hormigón sin terminar, algunas parcelas excavadas para asentar unos inexistentes cimientos, y decenas de solares sin otra presencia que las pocas hierbas y conejos que pueden crecer en estas estepáreas áreas. La urbanización del proyecto se asemeja a esos polígonos industriales que tienen de todo, menos industrias: aquí hay de todo, hasta carril bici, pero no hay viviendas. Lo mejor, son las vistas del valle del Ebro, aunque para eso no era necesario proyectar nada. Al final de la urbanización visitamos lo que parece una fortaleza del Conde Vlad Dracull y, la verdad, visto lo visto, es que no nos sorprende.

Ascendemos el Puerto de la Muela con la tradicional vista de los repetidores que lo caracterizan, y en cuanto vemos el cartel de “Camino Viejo”, para allá que vamos a La Muela. La que pretendía ser tercera población de Aragón está teniendo problemas en mantener los 600 animalillos del Aviapark, y algunos de ellos están abandonando involuntariamente el recinto en el que estaban confinados, unos con las patas por delante, otros de estraperlo. Justo enfrente está la Plaza de Toros, fenómeno antropológico a considerar. Yo lo hago no amablemente, por eso me fijo más en el toro. En la Plaza Corazón de Jesús encontramos al tal Jesús, a la Guardia Civil, y a la placa de los caídos “por Dios y por España”, lo que nos nos alegra precisamente el corazón que, aunque sólo sea un músculo, padece lo suyo estas cosas. Por el arquitrabe de acceso a la calle Gil Tarín llegamos al exterior del Museo del Aceite, el primero de la ruta de los museos cerrados del pueblo, y el primero de los edificios con atroces placas de cuando fueron inaugurados. Los textos de las placas son espeluznantes. La fachada del Ayuntamiento aúna estilos tardo-góticos y neo-speer, amén de un tremendo reloj checo-baturro de extraño regusto. Escapamos corriendo. Buscando un bar para almorzar, encontramos un calvario jalonado de imágenes religiosas, pozos, y perros ladradores (aunque tras reja) que nos conduce a la “Hermita” de San Antonio Abad. Estamos en el Casco Viejo del pueblo, con un urbanismo y tipología de viviendas muy distinto al que ha dado triste renombre al lugar. El viento es terrible, pero por estas callecicas se está a resguardo: estas cosas las hacían bien los antiguos. La iglesia principal está por demás de restaurada, y eso lo saben hasta los gatos del lugar. Por fín encontramos un bar, y mientras ingerimos el preceptivo pincho de tortilla, unos niños cantan números en la TV. Pillamos la Calle Mayor, por donde pasaba el “Camino Viejo”, y acabamos en una arqueológica carretera que en sus tiempos llevaba a Madrid, y que ahora sólo nosotros hollamos. Descendemos de la muela por curvas escalofriantes, al rato desaparece el firme, y no hay conexión con la autovía, aunque cuando estamos ya en el término municipal de Épila podemos dar media vuelta. El Moncayo se recorta perfectamente en el horizonte. Accedemos al Parque de los Pozos, con su preceptiva placa, al lado de la autovía y al pie de varios generadores eólicos, habitados por decenas de palomas que nos miran con sonora extrañeza. Volvemos a La Muela entrando por la antigua carretera de Madrid, rebautizada con el nombre de la esposa del actual Jefe del Estado, que conforma un peculiar y llamativo acumulario de objetos estilo “todo a 100.000 €”, algunos ciertamente extravagantes. El señor Tausiet, con acierto, lo rebautiza como “Paseo Malibú”, expresión que estoy seguro que hará historia, al aunar el monopoly con la suma horterez. Los otros dos grandes museos de la localidad, el Museo del Viento, y el Museo de la Vida, se encuentran en las inmediaciones, y están cerrados temporalmente por “motivos técnicos”, como el Museo del Aceite. Los circunvalamos y detectamos una forzada brecha de entrada en uno de ellos, que de todo tiene que haber. Una penica tras otra se nos van acumulando al pensar sobre todo esto. Vámonos de una vez.

Como última etapa de la jornada, nos dirigimos a la Urbanización Alto de la Muela, una extraordinariamente larga calle (aunque denominada “avenida”) en torno a la cual se acumulan de forma monótona chalets y viviendas unifamiliares. Su posición en altura le permite unas vistas apreciables del valle del Ebro, y unas corrientes de aire que casi me tumban cuando hacía unos retratos. Jodo petaca.

Para no volver a Zaragoza por la misma ruta, alcorzamos por una pista de tierra que corta los montes y vales desde La Muela hasta llevarnos a María de Huerva. Este recorrido es sumamente tranquilo, y sólo unas perdices, a falta de conejos, alborotan un poco con su aleteo la placidez de una tarde que va cayendo rápidamente. Hay poco tráfico, lo que se agradece. Ya en María nos comemos un bocadillo de jamón de padre y muy señor mío, y regresamos a Zaragoza por la ruta del monasterio de Santa Fé, Cadrete, y Cuarte de Huerva. Ya casi nos movemos por el sur de Zaragoza como Lehman Brothers por la economía española. Digo.

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Por el Picarral, al Gállego

20-12-2011. Sol de invierno suave. Cielo azulado y gris. Luz intensa. Viento de noroeste. Comenzamos la jornada en el barrio del Picarral, donde la Asociación de Vecinos, emblemático lugar de reivindicaciones, muchas aún pendientes de satisfacción. Conviven chaletes y adosados enrejados (algunos emperrados), con parcelas y solares asilvestrados. Zonas verdes con industrias olorosamente intensas. Los gatos son amables y confiados. Los pinos abovedan en gótica forma una de las arterias estructurantes del barrio, mientras altas chimeneas pretenden como que no están, pero están. Cerramos los ojos por un instante, y estamos en Cogullada, industrial, periférico y desmadejado barrio donde los haya. Referencial es, un poco más allá de Mercazaragoza, el recinto confesional que una potente entidad bancarizada emplea ahora para capacitar asalariados en una mejor optimización del beneficio de la empresa en detrimento de paganos e infieles. Tres tranquilas cogujadas en un campo coronado sirven de natural emblema a este recinto, empleado como residencia por el actual y democrático Jefe del Estado, tal y como ya hizo su precedente, el no tan democrático Centinela de Occidente. Por la carretera de Cogullada vamos tranquilamente, entre aves varias, frutales que son perales, y cultivos de borrajas zaragozanas en ocasiones techados con plástico. Suceden torres y viviendas dispersas. En el horizonte, al este, el monstruo azul de la papelera montañanesa, expulsando por cuatro chimeneas una mezcla de sulfuro de hidrógeno, dióxidos de azufre y organoclorados varios. Todo muy rico. Superado San Juan Mozarrifar, más animalicos nos van saludando por el Barrio del Comercio de Villanueva de Gállego. Unos nerviosos y ruidosos gansos hacen las funciones de perro, mientras un caballico tranquilo nos mira sin decir este hocico es mío. En la lejanía, entre unos enormes silos entrevemos una rara estructura arquitectónica que de inmediato capta nuestra atención. El proverbial sentido de la orientación del señor Tausiet nos lleva de inmediato justo hacia lo que resulta ser “Harinas Polo”, la antigua “Ceres Aragonesa”, ahora aprisionada entre sucesivas ampliaciones que prácticamente la hacen invisible. Es un edificio (el histórico, a caballo de los siglos XIX y XX) bien majo, y podemos hacer fotos sin impertinencias como las de San Juan de Mozarrifar. Pasa un tren regional en dirección a Zaragoza mientras accedemos a Villanueva. Paseamos por su extraño casco viejo, escorado hacia la vía del tren de una forma harto incomprensible. Rompiendo una antigua tradición, conseguimos comer antes de que dejen de dar comida de comer, aunque para ello nos tenemos que ir a Zuera, a un buen lugar de rica comida, buen servicio, y pan en abundancia. El café vamos a tomarlo a San Mateo de Gállego. Hacemos una parada ascendiendo, entre campos llenos de pedregosidades, hasta el Saso y la “hermita” que lo corona, toda blanca andalusí, con buenas vistas del entorno. Ya en el pueblo nos regocijamos con el veneciano discurrir de la Acequia de Camarena por el casco urbano, entre negros gatos, y gigantescos plátanos. En el entorno de la mudéjar iglesia, una buena visual del río Gállego hace que nos entre morriña del lugar donde desemboca, por lo que nos volvemos raudos, por Peñafor, hacia esta ciudad desde donde escribo estas líneas.

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Alcubierre

08-12-2011. No sopla viento, ni hay nubes en el cielo de Zaragoza, sólo estelas del intenso tráfico aéreo sobre la ciudad, hoy soleada, de un azul intenso. Vamos a merodear por los alrededores de la Sierra de Alcubierre, natural frontera al noreste. La primera parada es Perdiguera, donde los gatos han tomado las calles mientras los humanos tosen y carraspean en su centro de supersticiones confesionales. Por el ojo de la cerradura, un explícito ejercicio de científico voyeurismo.  Con los nevados Pirineos al fondo, la siguiente cita es en Leciñena, donde repostamos para tomar un café, para comprobar que a los pastorcillos de la zona les sale barba cuando se les aparece la virgen, y que los jubilados son bastante activos. Además, es imposible rodear la iglesia sin perderse por el laberinto de callejones, y sin tener que dar casi la vuelta a todo el pueblo. Hay un cercano enclave desde cuya altura se tienen hermosas vistas, aunque haya que tener cuidado para no caerse a un pozo, o de ser aplastado por uno de los terroríficos “quads” que asolan pistas y caminos rurales. Casi coincidente con el linde provincial entre Zaragoza y Huesca, el frente bélico entre republicanos y nacionalistas ofrece infamias como la Posición San Simón, donde la proliferación de símbolos nazi-fascistas, un coche accidentado, y una tarta de manzana pasto de las moscas, nos hacen ver que este atroz lugar no volverá a ser hollado por nuestros pies. Al menos, el señor Tausiet le pudo ver el lado más buñuelesco a este enclave vil, que hasta hace poco daba nombre a una calle de Zaragoza. Sorteamos la Sierra, y pretendemos comer en el pueblo de Alcubierre, pero no es posible. Continuamos, pues, desesperanzados, pero en Lanaja encontramos un sitio brasileño-magrebí en el que nos empapuzamos por un módico precio. Hacemos la digesta visitando el pueblo, donde nos llevamos un susto al descubrir un Museo Barbie pero, afortunadamente, no se refiere a Klaus. Por una carretera que se convierte en pista, volvemos a cruzar la Sierra de Alcubierre, y hacemos un breve alto en su alto, en una de las abandonadas parideras que lo jalonan, y dejamos abiertas las puertas del coche para que se impregne de los embriagadores olores naturales a tierra, humedad, pinos, plantas aromáticas. Hasta las pocas nubecillas parecen oler bien. El café lo podemos tomar en Monegrillo, donde ascendemos a un supuesto castillo, para encontrarnos con un solitario jesús cristo y unas vistas ciertamente científicas: hasta tres observatorios escrutando un universo en expansión, con neutrinos que pretender ir más rápido que la luz. Ya se verá. Regresamos a Zaragoza, en un luminoso atardecer, tras un decepcionante día.

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Delicias

06-12-2011. Las Delicias, La Bombarda, La Bozada, Monsalud, Ciudad Jardín. Tan cerca, y tan lejos. Tantas veces paseados, pateados, mas seguro queda algo por descubrir. Aprovechando una primavera de esas que acostumbra diciembre, comenzamos por las casitas de Ciudad Jardín, donde el señor Tausiet aprovecha para ejercitarse como Simón sobre vegetal columna. Recogida, tranquila y sosegada, es esta zona, con sus pajaricos y calles para pasear más que para evitar atropellos. El Parque Delicias, con sus pabellones psiquiátricos de usos diversos, paseos con personas paseantes, avispero ahora oficina de producción de otros insectos, zonas verdes tapizadas de hojas secas, elementos acuáticos. Zigzagueamos por La Bozada por una ruta interna entre viviendas sindicales. Hace buen día, es día de lavar la ropa y tenderla al aire libre, al sol. Nadie juega a la petanca, y un gato espera y mira tras unas rejas. En el MDB hay una colosal errata, y uno de los remozados edificios del Grupo Alférez Rojas presenta notable revestimiento cerámico que atrae y genera interesantes relaciones interpersonales entre peatones y peripaseantes. En pleno Delicias, entre Roger de Flor y Demetrio Galán Bergua, una esquina caliente echa humo a la vera de un estanco cerrado. En Andrés Vicente hacemos una parada para un café en soleada terraza. También es día de mudanzas para vecinos recientemente empadronados, que mueven muebles y efectos personales aprovechando el día festivo. A la vez, un unicornio espera sin inmutarse que pase el día para aprovechar oferta de champú. Cruzamos la Avenida de Madrid, y vamos a Monsalud. Por sinuosas calles elípticas, unas que suben y otras que bajan, un aceitunero amateur se abastece para ensalada y vermuteos. Ascendemos al Parque Castillo Palomar, entre pinos enormes y notable tranquilidad. Hay un anfiteatro contemporáneo, donde las cotorras argentinas ensayan múltiples y exitosas formas sonoras de molestar. Atravesamos La Bombarda y descubrimos, sin pretenderlo, el Parque Sedetania, con su peculiar paraguas pinchudo.

Por Alfredo Nobel, el de la dinamita, vamos hacia el Barrio Oliver, al Parque del Oeste. Son estas calles lugares un poco más necesitados de intervención renovadora. En el Parque, tras vadear el cinturón verde, praderas inglesas, hojas muertas, quiosko sin música, lago sin anátidas. Se nos ha echado encima la hora de comer, y no queda otra que un bocadillo, mientras ignorantes divagantes nos aturden con atroces conversaciones. Tras comprobar el brusco final de la calle Capricornio, ascendemos a los Jardines Estrella Polar, donde un equino trampantojo nos indica el camino, a través de la Osa Mayor, Urano y Andrómeda, para llegar a las tremendas y hormigonadas construcciones que pretenden acercar Valdefierro al Canal Imperial, algo que ya han conseguido en parte: los protohomínidos comefarolas ya han dejado su huella arrasando patrimonio público por la ribera del Canal. Una penica.  Paseamos, en esta ocasión, por la tranquila orilla de los nuevos depósitos de agua de Zaragoza. A la altura de la privada clínica médico-quirúrgica Montpelier, alcorzamos hacia la Vía Hispanidad, donde la parada de autobús de un autobús inexistente nos señala el fín de los 14 km. paseados en el día de hoy. He dicho.

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Oliver-Valdefierro, Miralbueno

29-11-2011. En su peregrino recorrer, el autobús 42 nos lleva del Canal al emboque con la hiperbólica calle Santa María Reina, donde encontró su particular terminillo Juan Soldevila, allá por los locos años 20 del siglo pasado. Un peirón sito en patio de confesional colegio, en la calle La Milagrosa, rememora el terrenal evento. DEP. Por Duquesa Villahermosa dejamos a nuestra derecha el Centro de Rehabilitación Psicosocial Ntra. Sra. del Pilar, cuyas siglas nos dan que pensar, y llegamos hasta el Grupo de viviendas “Alférez Rojas” (económica reducción de “Alférez de Complemento de Infantería don Francisco Rojas Navarrete, caído en combate en Sidi-Ifni”, porque esto no hay placa que lo soporte). Torcemos a la izquierda por Vía Hispanidad, y afrontamos Gómez Laguna dando saltitos de pollo para entrar en calor, porque del anunciado astro sol, ni muestra de catálogo. Nos dirigimos a una rutinaria inspección de las obras del Cinturón Verde en Oliver-Valdefierro, aunque para ello haya que hollar y hozar lo indecible, lo de todos los días.

La aparición de vallas impidiendo el tránsito es para nosotros singular capote rojo: vamos por buen camino. Cruzamos el actual Camino Depósitos (futuro Cinturón Verde) para enlazar con la calle Biel (municipio zaragozano) por un vial sin acera en la dirección que nosotros vamos. Pero nos la inventamos, y lo hacemos. Imposible is nothing. Y no nos pita ni un solo vehículo, que eso sí es raro. Hay operarios operando, pese a la hora, que aún les queda. La calle Biel es un museo pedagógico de la nada que hoy es, habitada por restos de industrias, solares y especulaciones varias, alguna que otra fallida. Un tranquilo gato negro reflexiona sobre todo ello entre montañas de escombros, o al menos eso me parece. Llegamos a la vieja carretera de Madrid, muy remodelada en el tramo urbano, la cruzamos, y continuamos por un tramo del Cinturón Verde algo más avanzado, pero no terminado, en obras, en un entorno aún por romanizar, y casi por neolitizar. El empalme con el Cinturón nos ratifica que, de verde, tiene apenas el nombre y, en todo caso, referencia a que aún le queda mucho, pero que mucho, por madurar para salir del túnel. En la calle Antonio de Leyva (que, más que calle, parece eterna avenida), encontramos un amable y telepático (todo a la vez, porque casi no hay que preocuparse en elegir el menú) sitio para comer. Estamos en el “barrio del cura”, de nombre Oliver, donde nuevamente encontramos la franquista tipología de viviendas en grupos sindicales («Arzobispo Doménech» y «General Urrutia»), y un moderno Centro Cívico “Manuel Vázquez Guardiola”, con una llamativo y plástico prisma azul. Tomamos un café en un chino, como ya es casi costumbre y rutina. Llegamos a una rotonda que forma parte de la Ronda Ibón de Plan o, lo que es lo mismo, el nec plus ultra (por el momento) de Zaragoza por esta parte de su oeste. Queda bien poca luz, y apenas son las 16.45 h., pero bueno, hete aquí que nos vamos para Miralbueno.

Tampoco es manca, ni corta, esta Ronda Ibón de Plan, tampoco. A nuestra derecha, llamativa alternancia de solares y hogares. A nuestra izquierda, hortalías, jabalíes, regadíos. Pillamos el Camino del Pilón, otro buen pedazo de caminata por un barrio que ya no es lo que era, y en el que no encontramos demasiadas referencias singulares que le caractericen. Será que no hay casi luz, que es tarde, que estamos cansados. O no. Una figura religiosa sin medida marca el final-principio del Camino del Pilón en su confluencia con la Autovía de Logroño y el Cinturón Verde. Descubrimos con agrado que los peatones también podemos sortear, sin morir, el scalextric de Vía Hispanidad-Autovía de Logroño-Avenida Navarra, y nos vamos a mear al Centro Comercial Augusta, utilísimo como es. Tiene dentro unos cadáveres troceados visitables apoquinando 10 euros por testa, lo que me parece muy bien, gracias, pero me voy a mi casa, a un descanso tras 16 km. de peripaseo, en sesión de mañana y tarde. Pillamos el 52, y me pita que tengo saldo bajo. Entre otras cosas. Vale.

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