Qué verde que fuera mi anillo norte 1

13-03-2012. Desolación y engaño tras el prístino peripaseo por el “Anillo verde norte de Zaragoza” (tramos 3 y 4). Desolación, señor Blasco (consejero de Cultura, Medioambiente y Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Zaragoza). Engaño, señor Pellicer (ex- adjunto a la Dirección General de Operaciones y Contenidos de Expoagua, entre otras cosas). Amén de una tremenda insolación, que es lo que tiene el pasear bajo un anticiclón reprimiendo la meteorológica inestabilidad propia de la época.

Los tramos 1 y 2 de este novedoso anillo están ya hollados (el tramo 1, hasta la saciedad, al ser el tramo de la ribera izquierda del Ebro desde el Puente del Tercer Mileno, hasta la desembocadura del Gállego-Gállico-Galo-francés; el tramo 2, desde la disolución del Gállego en el Ebro, hasta el Puente del Gállego, en Movera-Sta. Isabel). Bien escasa parte de los 21.000 euros que han costado acondicionar todo este nuevo anillo habrá tenido que ser empleada en esta parte del recorrido.

Iniciamos los andares bajo el Puente del Gállego, ahora convertido en el inicio de la parte final del Tramo 2, que culmina bajo otro puente, el de la Ronda Norte, o Z-40. El anillo verde resulta compuesto de una llamativa combinación de gravilla (a ratos más bien “gruesilla”) color blanquecina postmortem, con literal grava asfáltica. La vegetación de ribera, pues supuestamente estamos en la ribera de un río, está siendo sustituida por comunidades vegetales propias del monte mediterraneo, e incluso de la estepa. Tomillos, aliagas, romeros y pinos carrascos van colonizando las zonas ribereñas más degradadas. A este proceso estamos favoreciendo los humaniodes con extracciones de gravas, y reduciendo el caudal por el desvío de la mayor parte para riego de cultivos. Resultado final: el progresivo encajamiento del rio, el descenso de la capa freática, y la sensación de estar caminando por el desierto arbustivo de Azerbaiyán. La economía productiva produce también destrucción. Paseen por esta zona, y lo verán, socialdemócratas gurús.

En dirección contraria del camino de Jarandín, llegamos a las bajuras llenas de basuras del puente por el que la Ronda Norte de la Z-40 supera al Gállego. Como buenos jarandinos, marchamos con nuestro bagaje a cuestas, cuando ya el sol empieza a descargar enormes martillazos. La Montañanesa asemeja himaláyica cumbre que domina todos nuestros sentidos, desde la visual, hasta la nasal. Y esto será así durante unos malos kilómetros.

La inhóspita dureza del entorno nos hace buscar cualquier atisbo de vida que no lo sea en blanco y negro, mas todo es en vano. Ni una cogulla que amenize la vista del Monasterio de Cogullada. Ni un almendro en flor, álamo vistoso, siquiera arbusto esparteño, que oculte la hediondas columnas que surgen de los cañones montañanesos.

En insensata huída hacia adelante, nos desviamos hacia la ribera pura, y dura, en uno de los tramos más muertos, infectos y pútridos que uno pueda imaginarse. Mas cerramos los ojos, y el sonido del discurrir acuático, pues el agua entrechoca con unas naturalizadas tuberías de hormigón vertidas en el cauce, nos traslada a entornos menos politóxicos. Y es que la capacidad de autoengaño no conoce fronteras. La búsqueda de batracios, galápagos, invertebrados, aves, así como la de muflones y ñus, resulta tan estéril como el propio entorno. En su lecho de muerte, este río se nos va de las manos, y ascendemos unos metros más arriba para recuperar la vía anular.

Otro tramo de asfalto también “verde” nos lleva a pasar por debajo del acceso Norte a la Z-40, con su correspondiente puente sobre río. Se agradece la transitoria sombra. Algún coche que pasa, y un par de bicicleteros, nos parecen mirar como al ganado pre-sacrificial, pero eso ya está asumido hace tiempo. En un momento en que el olor a pestilencia es especialmente destacable, miramos hacia abajo, y encontramos un rico desagüe que hace sus necesidades para que el río no pierda aroma. Zaragoza, ciudad aniquiladora de agua.

Pasamos por debajo de la vía del tren de la omnipresente Montañanesa, llegamos a la altura de la Torre de los Ajos, y desembocamos en un nuevo parque al uso (gigante y sin nadie a la vista) cuya característica más destacable es que está compuesto de arena con algo más de vida que el entorno. En unas pocas decenas de años, sus árboles crecerán, y mejorará lo que ahora no pasa de arenal-secarral. Unas curiosas instalaciones infantiles esperan impacientes que algún niño llegue y las use. Mientras tanto, el Sr. Tausiet y un servidor prueban el mecanismo de un extraño columpio-tirolina de incierto funcionamiento. Salimos ilesos del trance, lo que no es poco, y continuamos.

La sequera mantiene dominio en el trayecto anular, cuando ya en el horizonte despunta la ignominiosa silueta del antiguo campo de concentración de San Juan de Mozarrifar. Superamos por una pasalera de madera el Gállego que aquí, por discurrir ANTES de pasar por la papelera, parece otra cosa. Hasta hay pajaricos piando. Según el plano, conviene girar a la izquierda para ir yendo hacia San Gregorio, pero antes decidimos internarnos en S. Juan a tomar un refrigerio que nos inyecte algo de energía en las conexiones sinápticas.

S. Juan ya está bien recorrido de otras veces, así que sin muchas dificultades (sólo ascender una cuesta del 29%, y lindar algunos huertos sin despertar la atención de los hortelanos), entramos en la zona de bares del barrio, y pedimos longaniza con agua caliente y cerveza sin alcohol, mientras la TV aturde con humanos de adolescencia prolongada ad absurdum.

Refrescados, proseguimos en retorno, pero la sabia naturaleza nos pone a prueba: un pedazo-zequia sin forma de cruzarla nos obliga a bordearla durante algo más de un kilómetro, y nos va derivando hacia el acceso Norte a la Z-40, bastante lejos de la ruta del Anillo. Mediante GPS orgánico, volvemos hacia el Gállego por entre campos de herbáceos que, menos mal, no están anegados. Nos reencontramos en el trayecto del Anillo, volvemos a pasar por debajo del ferrocarril de la Montañanesa, nos ponemos muy contentos, y… nos perdemos. Lo que creemos trazado del camino, no es sino simiesca ruta de aproximación al lecho del río, que debemos superar ascendiendo por llamativas pendientes. Llegamos, no sé muy bien cómo, a una planta de áridos en la que bien pudiéramos haber fenecido entre gigánticas máquinas, de no ser porque una chimenea conocida de otros paseos nos apunta una salida hacia la salvación: la carretera de Cogullada, con su Monasterio de, sus perros peligrosos (y ladradores), su chatarrería, sus piensos Agrar, etecé. Dejamos la cerretera y nos derivamos a unos caminos que bordean invernaderos productores de ricas verduras zaragozanas. Bien poca humanidad por estos lares.

Tras pasar bajo otra línea férrea, cuya sombra es convenientemente bendecida y alabada, llegamos al Camino de Corbera Alta. Aunque no vemos cuervo alguno, los dos kilómetros que recorremos desde este momento bien se nos hacen calvario por momentos insoportable. Esta es otra de esas numerosas zonas del Anillo en que la inversión económica no ha superado los 50 cts./km. Estamos a los pies del Cascajo, de San Gregorio, del Royo Villanova. A nuestra izquierda, la desolación paisajística en su estado más puro. Un campo de árboles cortados asemeja las ruinas de alguna apadana de Persépolis, pero con ferrocarril al fondo. Pasamos al lado de una enorme Torre con unos más enormes aún pinos, cuya sombra amaina los mazazos de un sol inmisericorde. Deberíamos hacer llegado a una zona de descanso del Anillo, según reza su guía, pero todo lo más que encontramos es un colchón tirado al borde del camino. Algo es algo.

Una sucesión de naves industriales y talleres mecánicos nos anuncian que llegamos al Camino de los Molinos, o sea, que ya estamos en Zaragoza. Un ciudadano nos debe ver cara de indígenas, porque nos pregunta por el paradero de una empresa, mas no le podemos ayudar. Seguimos por aceras por las que no transitan humanos desde los siglos XVII-XVIII. Este es un camino sólo para coches, y para que por allí discurra el Anillo Verde, naturalmente. Unas cabras se cabrean porque hay gente más cabra que ellas cuando les contamos de dónde venimos, pero enseguida se les olvida, y continuamos. Al llegar a la carretera de Barcelona/Autovía del Nordeste/Z-40, la señalización indica torcer a la derecha, para allí morir la etapa unas decenas de metros más adelante, mas como estamos nosotros también a punto de, continuamos por Camino de los Molinos, hasta el primer lugar que encontremos con agua y comida a cambio de dinero. Por un precio asequible, unos metros más adelante, hallamos un paraíso con hurí incorporada, y restauramos líquidos y fuerzas, mas la calentura solar se nos ha metido muy adentro. Tomamos un café en la génesis de la Avenida de la Academia General Militar, lo que hace que el Sr. Tausiet se lleve las manos a la cabeza, pero es que estamos en Zaragoza, señores.

Lo dicho: desolación y engaño.

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