Montes de Juslibol

29-03-2012. Hoy no es un día cualquiera: es el 29-M, justo entre el 28-M, y el 30-M. Y hoy, precisamente hoy, hemos decidido peripasear por los Montes de Juslibol, algo que no hemos hecho nunca. Es un día despejado, sin nubes, con el sol triunfante de primavera tras invierno secarrano total, y agradable brisa. O sea, la antesala de un infierno que tomará cuerpo entre las 14.00 y las 16.30 horas.

Antes de subir a Juslibol, recorremos algo más de 5 km. de trazado urbano, que en su zona norte presenta pocos trazos de que haya Huelga General alguna. El pequeño y mediano comercio no se siente convocado ni animado a protestar este día, aunque, protestar, lo que se dice protestar, lo hace los restantes 365 días de este bisiesto año. Encontramos algunos pétalos, no obstante, de esperanzadas flores que sí encuentran razones para parar, y en el entorno del Centro Politécnico Superior, unos manufacturados carteles en papel estraza hablan de que por allí aún late vida con algo de criterio y conciencia crítica.

Habiendo pasado el Cuarto Cinturón es normal cruzarse con grupos de andarines jubilados. Hoy, así es. La pendiente se va pronunciando conforme llegamos a la entrada a Juslibol, afortunado barrio que no contraerá la infección de los adosados, salvo que su inundable zona de huertas sea urbanizada, y que los escarpes de yeso sean dinamitados o bombardeados desde el vecino campo de preparación para la guerra de San Gregorio.

Agarramos la calle del Castellar, y esta vez giramos a la izquierda para seguir ascendiendo hasta las canteras de arranque, cribado y seleccionado de áridos, y los vistosos repetidores electrónicos que tanto nos proveen de cultura, información y sabiduría individual y colectiva. Cuando la carretera de ascenso se desintegra, la pista que la sucede se vuelve arisca y contraria a la horizontal, al menos hasta un interesante 11%, que no está nada mal. Hay algunos desvíos que pretenden engañarnos, pero no lo consiguen porque la visual de las antenas está muy clara, aunque para ello haya que martirizar nuestras piernas hasta extremos bien poco saludables. Pero la mañana está buena, y somos jóvenes de corazón, y adolescentes de mente.

Llegamos a la altura de las antenas y del vértice geodésico. La visual no es buena por la bruma matinal. Zaragoza parece Venus y sus nubes sulfurosas, y sólo las agujas de la basílica con-catedral despuntan del paisaje calimal. Lo que parecen los restos del castillo de Juslibol, más cerca, casi pasan desapercibidos, de lo arrumbados que están. Haría falta algún banco para sentarse y mirar, que hay días en que la visual debe ser fenomenal. Lo único malo es que tienes detrás a las antenas zumbando y pitando permanentemente bits de desinformación, y eso rompe bastante la placidez del lugar. Además, las radiaciones de las ondas nos deben estar bombardeando como los yankees a Vietnam. Pues nos largamos con viento fresco a continuar ruteando.

Lo que las canteras se han comido de los montes queda en evidencia contemplando los tremendos túmulos o zigurats que van quedando. Qué barbaridad. Ya se pueden levantar valdesparteras y arcosures, ya. Un conejar manifiesta que aún queda vida salvaje por la zona, aún más salvaje que la humana. En un momento dado, el camino que seguimos se convierte en senda, y la senda en fina cinta que serpentea por la cima del monte por el que vamos. No hay peligro, pero porque somos personas muy estables y con los pies en la tierra. Por fortuna, la brisa no golpea demasiado, y mantenemos la verticalidad.

En un momento dado despuntan, tenía que llegar, las alambradas y torres de vigilancia del campo de guerra de San Gregorio. ¿Cuántos conejos tendrá dentro este campo? En un momento dado, el camino se viene hacia abajo en algo más del 11% de pendiente, y los cantos rodados añaden un punto de intriga y suspense que ni Recuerda. Las fotos atestiguan la notable intrepidez y estilo con que descendimos, sin morir.

Una pétrea flecha nos indica que nos demos media vuelta, que ya va siendo hora de pensar en el sol, en comer, en beber. Como somos elegantes, llevamos la cabeza cubierta, y eso se nota, vaya que si se nota. En comparación con anteriores situaciones similares, a estas alturas ya estaríamos bastante quebrados por el mazeo inmisericorde del astro presidente de la república. Ahora, no, y por eso, avanzamos.

La notable aridez del entorno queda patente en la inexistencia de plantas que sobrepasen el estadio arbustífero. Los pinos de plantación permenecen enanos, y gracias. En algunas zonas más bajas, donde el sustrato tiene algo más de sustancia, las plantas se estiran bastante, pero sin dar gotica sombra. Algunos bicicleteros se nos cruzan de vez en cuando, que estas zonas son terreno abonado para sus rutas de paseos. Lo que no se ven mucho son peripaseantes como nosotros.

Vamos zigzageando por caminos que ascienden hasta llevarnos a la física alambrada que nos separa de la hostil zona militar, que subvencionamos con nuestros impuestos, aunque no lo parezca. Al poco, llegamos a la visual del Castillo de Miranda, ya visitado cuando peripaseamos por el Galacho, pero cuya vista desde aquí, reforzada por la impresionante pared de yesos sobre la que se asienta, se asemeja mucho a la fortaleza de María de Huerva. El Castillo propiamente dicho, es un retaquico, en realidad.

Inmediatamente, llegamos al borde de un cortado desde el que contemplamos el pobre estado del galacho de Juslibol, notablemente achicado ante la ausencia de precipitaciones en forma de lluvia. En las pocas zonas que conserva agua, ésta parece más bien el caldo primigenio donde se originó la vida. La vegetación presenta un estado lamentable, por las mismas razones. No ha llovido, y eso se nota. Vaya que sí.

Pretendíamos llegar al Castillo de Miranda por el camino que íbamos, pero cuando éste se interrumpe bruscamente en un tremendo cortado, y vemos que no hay teleférico, no queda más remedio que buscar una senda que, excavada en los yesos, va descendiendo hasta los pies del Castillo de Miranda. Mientras bajamos tranquilamente, nos cruzamos con un muchacho atleta que jadea mientras asciende corriendo, y pensamos que se sufre menos bajando, que subiendo. Los últimos tramos de la bajada son muy empinados, o a lo mejor nos hemos equivocado, y es que estamos inaugurando una nueva ruta de descenso.

Ya abajo, bordeamos el Galacho, y tras andar un rato nos echamos en una cuneta que tiene hierba, y a comer (no la hierba). Como es día inhábil, llevamos nosotros la comida, bien casera y tuperizada, que se nos cae dentro con notable rapidez. Reposamos un breve rato, y seguimos la habitual ruta que nos lleva a Monzalbarba, tras cruzar el Ebro.

Son las horas más crudas de sol, lo que nos hace caer dolosamente en la tentación de tomar un café solo con hielo. Siendo conscientes del mal realizado, aceptamos como penitencia regresar andando a Zaragoza. Son 11 kilómetros tras dejar el Camino de la Sagrada, siempre por el (qué curioso) Camino de Monzalbarba, entre campos de cultivos bien verdes por el cercano riego, y alguna torre perdida.

Tras largos kilómetros, en donde se nos cruzaban muchos ciclistas, algunos coches, y ningún otro peatón, llegamos al escaléstric donde se cruzan la autovía del Ebro, la Z-40, etc., etc. Ya se vislumbra Zaragoza que, absorbida la neblina por el sol, se ve bien clara en la distancia: las dos torres de la ACTUR, el Puente del Tercer Mileno, la Torre del Agua, la Estación de Delicias. Ya estamos en casa.

No sabiendo dónde terminaría este Camino de Monzalbarba, nos llevamos agradable sorpresa al comprobar que lo hace muriendo (o empezando, depende del punto de vista) en la ribera del Ebro que peripaseamos hace poco, en lo que dicen que es parte del “Anillo Verde Norte”. En una de las fuentes que lo jalonan (y que funcionan aún) abrevamos como caballos desbocados, lo que nos da fuerzas para seguir luego por la Avenida Pablo Gargallo, hasta la Plaza de Europa, que es el final de la manifestación convocada por los sindicatos UGT y CCOO, a cuyo encuentro vamos remontando el Paseo María Agustín. Nos sumamos a ella, tras dejar paso al cortejo del PSOE, que lleva unas banderas peculiarmente arrugadas, consecuencia natural de haberlas tenido ocho años sin jorear.

Bajamos en manifestación el Paseo María Agustín hasta la Plaza Europa, donde los discursos dan por finalizada una jornada en la que hemos peripaseado casi 26 km.

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