Peripaseo romano

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Ignoro si Paolo Sorrentino es uno de los puntales del actual cinema europeo. He visto algo suyo antes, y no recuerdo nada: sólo voy a referirme a “La Grande Bellezza”, por lo que tiene de turbador peripaseo por la capitalina ciudad de la República de Italia. Apenas he leído a Flaubert; nada a Moravia; y de Fellini, el gran precedente, hay cosas que me encantan, y otras que me aburren republicanamente. En líneas generales, no tengo ni idea de cine, y mis reacciones son precipitadas, superficiales y sesgadas. Por ello, “La Grande Bellezza” me ha noqueado por momentos, y con brutalidad, y eso está bien. En esta película hay inteligencia, belleza, dialéctica, y también ideología. Muchos de sus monólogos y diálogos perfectamente pueden formar parte de un personal e interclasista arsenal dialéctico contra la humana estupidez. La belleza de la película me ha transportado a la Roma que transité intencionada, peatonal y matinalmente, también en horas de poca humana afluencia. Esa Roma aplastante en la que nada hay que decir porque todo resulta abrumador, gigante, y en la que una leve banda sonora es más que suficiente para disfrutar de satisfacción, y también para maldecir el paso del tiempo. Una Roma de postal, epidérmica, esteta y de aluvión, asombrosa, ubérrima, mujer, cosmos. La ideología del fime es harina de otros costales, como no puede ser de otra forma. Algunas referencias son compartibles, y otras me indignan con tranquila radicalidad. Las explícitas referencias al comunismo romano, explícitamente al Partito Comunista Italiano, en tono mayormente crítico, son inteligentes, bien armadas, y no les falta alguna razón: el PCI ha sido uno de los protagónicos actuantes de la Italia de las últimos décadas. Mas ni ha sido el único, ni el más grande, ni absolutamente decisivo a la hora de explicar, si es que se trata de explicar, el aparente “vacío” de expectativas y esperanzas en el que el filme navega, con esa reivindicación de la nostalgia como único recurso cuando habrían fracasado todas las utopías, salvo la recurrencia impostadamente antisistémica del “no future”. Me faltan referencias concretas a otros pajarracos, y a algún que otro pajarito de la clase media, esa curiosa gente que no vive en Palacios, no tiene dos piscinas en casa, no conoce a las Princesas, no se pone botox, ni estrella inopiadamente su cabeza contra un muro pero, mira tú que cosas, tiene las llaves de todos los palacios de la ciudad, por la sensilla razón de que “es de fiar”. El fime está plagado de aristócratas sobrepasados que bailan conga, y hay personajes delirantes, como la monja santa que come raíces y se sabe los nombres de pila de los flamencos, y un postmoderno cardenal exorcista antes que cocinero. Todos ellos dan mucha risa, pero no dejan de ser muñecos. Aparecen en esta película como aparecían en las películas de hace 50 y 60 años, como si nada hubiera pasado desde entonces, cuando han pasado muchas cosas, están aún pasando muchas cosas, y algunas sí explicarían la decepción, el nihilismo, el vacío, la desesperanza, pero nada de eso aparece siquiera atisbado. Y sí, nos quedamos prendados de esas últimas imágenes del amanecer en Roma visto desde una embarcación que va navegando por el Tiber, porque la nave sigue yendo, aunque no sepa ni por qué, ni hacia dónde. Pero eso es todo, que no es poco.

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