Limes 4 (y ARA-A1)

23-02-2012. Dicen que el Cuarto cinturón marca el limes de hasta dónde puede, segun el vigente PGOUZ, desarrollarse urbanísticamente la ciudad para un buen fajo de años. Si esto es así (aunque Parque Goya 2 ya queda fuera de este límite), por mí que esto sea hasta, al menos, el siglo XXV. Pasar del primer al segundo limes le costó a la ciudad unos mil años; alcanzar el tercero, ochocientos; apenas cinco para el cuarto. Es la hora del decrecimiento, pues este ritmo infernal es insostenible.

Si la ARA-A1, primera Autopista Autonómica, que une Villafranca con El Burgo (ambas “del Ebro”) es el “gérmen” del Quinto Cinturón, espero que nos podamos librar de él. Dicen sus apolojetas que este Cinturón serviría para evitar que cerca de 15.000 vehículos que hacen el trayecto Madrid-Barcelona-Madrid, tuvieran que entrar a la ciudad. Pero existiendo ya el Cuarto Cinturón, que cumple con esa misma función (evitar la entrada a la ciudad), y que supone apenas cuatro kilómetros más que el supuesto trazado de la Z-50 (ahora hay 47,5 km. desde La Muela hasta Villafranca de Ebro por la Z-40, bien en por su ramal norte, bien por el sur; por la Z-50 habría 43,5 km.), parece que mejor podríamos encauzar el pastizal que nos costaría (me da igual que lo pague el Fomento de autovías estatal, o el autonómico porque todo, al final, es dinero público), hacia otros fines sociales más necesarios. Y si de lo que se trata es de vertebrar las localidades del sur de la ciudad, hay otras propuestas menos bárbaras, mucho menos costosas, que comenzar poniendo una autopista en medio de la nada (una nada compuesta por una estepa, una plana, y toda la vida natural a ella asociada) como vía de desarrollo.

Pero vayamos a la sustancia del peripaseo: el limes 4, y el innecesario 5.

Tras unos siberianos días, con sus noches, y un trancazo como dios nos manda por malos, amanece un día sin viento, despejado, y con una temperatura agradable, y allá que nos vamos. Nos metemos en la Z-40 a la altura de Santa Isabel, desde la preceptiva ruta por Avenida de Cataluña, y el puente sobre el Gállego. A la derecha, Zaragoza, a la izquierda, la huerta de Movera y sus torres.

Es complicado inspeccionar algo desde la Z-40 porque, si quieres ir al ritmo adecuado, te pitan, y si aceleras, el paisaje pasa antes siquiera de verlo, como bien dijo Einstein. En un abrir y cerrar de ojos, estamos cruzando el Ebro, y llegamos al entronque con la Autovía del Ebro. Como parar aquí es mucho más complicado que en la Z-30, nos vemos impelidos a continuar, y pronto llegamos a la trasera de Parque Venecia, que ha evolucionado el habitual zigurat sonoro en limpias aristas piramidales. Inmediatamente, el acceso a Puerto Venecia, y sus blancos mojones gigantescos. El Moncayo se vislumbra al fondo, y pronto pasamos por encima del Huerva y la Autovía Mudéjar. Pasamos por la trasera de Valdespartera, y de su desmantelada Ermita de Santa Bárbara. Llegamos al ignominioso Arcosur, poco evolucionado, o adelantado, respecto a la última vez que estuvimos lindándolo. Y lo que le queda, maño. Pasamos por encima de la Autovía de Madrid y, a la izquierda, queda PLAZA y la Feria de Muestras. El ritmo acelerado nos conduce enseguida a pasar por encima de la Autovía del Ebro, e incluso por el mismísimo Ebro. De continuar así, nos almorzamos el Cuatro Cinturón en un plis-plas, y no es plan.

Tal que así, nos desviamos por la Avenida de Ranillas, hasta el Parque de la Tolerancia, y aparcamos donde podemos, porque los parkines de la Expo huelen a rancio, están cerrados e impracticables si no es para conciertos y fiestorros multitudinarios. Recolocamos el vehículo lejos de la Tolerancia, junto al Ebro, al lado de una novísima estructura metálica que quiere recrear un camino de sirga que era utilizado para transportar materiales sacados de las canteras de Juslibol (esto nos lo dijo un amable ciudadano al que preguntamos por el particular). Han hecho el edificio, están los enganches de la sirga, la sirga propiamente dicha, mas queda pendiente de sí misma su propia practicidad.

Pasamos por debajo de la Autopista, y un mojón nos informa que estamos en la GR-99, y como a grandes ruteros nos ganan bien pocos mosquitos, pues allá que nos vamos, por la ribera del Ebro, hasta el Puente del Tercer Milenio, que cruzaremos para regresar por la otra orilla hasta el punto de partida. Andamos por un soto de ribera sobre el que se ha actuado en algún punto determinado con escolleras, pero la mayor parte está al natural, con una interesante vegetación riparia dominada por tamarizales, setas arbóreas, paseantes a pie, bicicleta, y perro. El camino es muy estrecho, porque vamos no por la GR, sino por el tramo alternativo, más natural, y a la sombra, que el sol está pegando bien majo.

A la altura de la mejana rebautizada como “Isla de los pájaros” oímos y vemos, efectivamente, pajaricos que, a salvo de los humanos, viven su vida más tranquilamente. Justo lo contrario que enfrente, que tienen al campo de Golf de vecino, con porcentuales portentajes de recibir un errado bolazo de cuando en cuando. Adquiero barato una de esas bolas, a modo de óbolo. La Torre del Agua domina el entorno, que aquí sí que se la ve bien (desde el resto de la ciudad, miau). Seguimos por caminos salvajes del soto de ribera, contemplando los restos del naufragio de la Expo, como un puente que debería estar sobre las aguas que tendrían que venir de los Jardines Acuáticos, aunque para eso deberían existir los tales jardines, el agua, etc. Llegamos a la orilla misma del río, ya despojada de árboles, en zona de inundación casi segura a poco que llueva aguas arriba. El sol nos pega majamente mientras hacemos la curva del meandro, ya con la visual del Puente del Tercer Milenio, que cruzamos para volver por la otra orilla. Este puente mola. La vuelta es mucho más rápida, ya que el camino está todo despejado, no es tan natural como el de la otra orilla. A nuestra izquierda, campos y campos de cultivo esperando que soplen otros aires para la economía especulativa que dice que lo que hace son casas para que viva la gente.

Cruzamos el puente de la autopista por un carril-humano habilitado al efecto, incluso con mamparos para no quedar sordos por el estruendo motriz. Ya estamos en horas de comercio, y bebercio, así que hacemos un alto para volver a comer en el Manolete, y para descubrir a la Tomasa, que va a la compra.

Retomamos la Z-40, entre la ACTUR y Parque Goya II. Cruzamos la Autovía Mudéjar, y pronto llegamos al desvío hacia Santa Isabel, a la que llegamos por un falso “falso túnel” que nos deja justo donde comenzamos por la mañana. Es muy pronto. A estas velocidades, es lo que tiene. A sugerencia del señor Tausiet, nos dirigimos a inspeccionar los 5,3 km. del “Quinto Cinturón”, aunque antes hacemos una paradica en las cocheras de TUZSA para retratarnos junto a un tranvía de los del siglo pasado. Pese al encargao de turno, lo logramos, e incluso le sacamos imagen a un trolebús algo más lejano, sin que suceda ningún cataclismo cósmico, tal y como nos anunciaba el encargao. Curiosa, la raza de los encargaos.

Por la Autovía del Ebro llegamos a El Burgo de Ebro, aunque el emboque con la ARA-A1 está a unos 4 km. pasado el pueblo. Nos precipitamos por esta autopista de peaje a la sombra justo cuando el sol está amartillando con más ganas. Esto, unido a las superiores velocidades alcanzadas, hace que las fotos parezcan hechas con desgana, que no es el caso. La cosa es que, de repente, justo antes de empotrarnos en los Montes de Alfajarín, se terminan los 5,3 km., y nos metemos en dirección Zaragoza. Una experiencia breve, más bien sosa, aunque buena para cruzar el Ebro porque, si no, hasta Pina, nada, salvo agua.

De camino a la urbe, hacemos una parada no prevista en Alfajarín, que no estaba hollado en su parte habitada. Mientras pasamos por la Iglesia de S. Miguel Arcángel, una rauda sombra abre la puerta, lo que para nosotros supone una clara invitación a entrar. Pensado, y hecho. Dentro encontramos el sorprendente y restaurado retablo de “Nuestra Señora de Montserrat” lo que, en tierras arcanamente anticulés, sorprende aún más si cabe, porque el anticatalanismo, como todo el mundo sabe, además de estar fundado en razones muy justificadas y claramente objetivas, proviene de mucho más atrás de cuando esto era aún el Mar de Tetis. Las tablas están pintadas según moda del gótico internacional, y nos llama especialmente la atención el “león-mono” que conversa tranquilo con el evangelista Marcos, también bastante tranquilo. En otros rincones de la iglesia encontramos interesante repertorio iconográfico acerca de qué va la iglesia católica del siglo XXI: más o menos, como cuando el XIX. Damos una vuelta por el pueblo, y nos volvemos, que ya va siendo hora.

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