Jalones del Jalón

10-05-2012. El peripaseo de hoy pretende acompañar al Canal Imperial hasta Grisén, para luego jalonar, mojoneándolo, el río Jalón hasta donde el conocimiento nos diga “basta ya, por favor”.

Es un día floreal, solarístico. Es por eso que la Policía Local nos escolta durante un buen rato mientras empezamos a dar vueltas como micos por calles que creíamos conocer y, mira tú, que no es así. En mi candidez de campanario, propia del militante peatón más caprino que humano, pensaba que era posible una aproximación motorizada al Canal para, desde allí, ir remontándolo tan ricamente. Eso, en vehículo a motor de explosión, c’est n’est pas possible, al menos durante buen tramo urbano. Y me parece bien. Mas, llegados al laberinto de astrológicas calles que es el sur de Valdefierro, imposible resulta avanzar, ni aun casi retroceder. En un arrebato, el señor Tausiet volantea decidido hacia el Alcampo de la Autovía de Madrid, y todo se despeja.

Por la Autovía de Madrid recuperamos optimismos, cruzamos por encima del Canal Imperial, y a la altura del desnortado Arcosur, un desvío a la derecha y unas ruinas nos llaman como las sirenas a Ulises. Para allá que nos vamos, sin un segundo de duda. Se trata de una de las ya escasas pastillas de suelo libre que quedan en Zaragoza hasta la Z-40, o sea, una de las ya escasas reservas comanches de la especulación inmobiliaria que bancos, cajas, constructoras, cooperativas, con el placet ciudadano, tan bien han acometido desde hace décadas. Se trata de un entorno ciertamente marciano, con un acceso franqueado por enormes pinos que conducen a un conglomerado de construcciones viejas y abandonadas, pero con una piscina que, si no es olímpica, le falta poco y, aunque vacía, impresiona mucho a la gente de secano, como yo. Arcosur se vislumbra en la distancia como lo que es: un total condiós que te quedas. Intentamos una aproximación al Canal desde esta otra orilla, pero la cosa no es tan sencilla. Ja.

Por si no lo he puesto alguna vez, somos cabezoncicos, así que proseguimos por lugares no muy rondados, y menos cartografiados. Como la fortuna ayuda a los audaces y a los mentecatos, damos con un caminillo junto al Canal que pasa por debajo de la Autovía del Nordeste y que nos conduce a las inmediaciones de PLAZA. Ya habíamos estado por aquí cuando andando vinimos a plazear un rato, allá por… Como la carretera que da continuación a esta ruta es de dirección contraria, tiramos a la izquierda, siguiendo al lado de la vía del tren, por una incierta pista, hasta que nos metemos en la misma PLAZA por vete tú a saber dónde. Tras un par de rotondas internas, entre naves inmensas, y gran vacío interior, el humano ton-ton nos conduce a la calle de Bari, lo cual es correcto y extraño a la vez, porque nos aproxima acertadamente a la salida.

Pero nada es tan fácil, menos con nosotros. Por la A-120 nos metemos hasta el Aeropuerto, y más allá, donde pierde su nombre, y se convierte en la Base Aérea de utilización otánica, lo cual supone el fin de la civil carretera, y de nuestras infundadas esperanzas en salir hacia el Canal por esa ruta. Unos segundos antes de ser interceptados, retrocedemos por tercera vez en el día, y volvemos a la A-120. Un cuarto retroceso debe ser acometido cuando vemos que estamos volviendo a Zaragoza por el Camino de Bárboles. Esto parece el Día de la Marmota. Pero no, este será el último despiste… de momento.

Ruteando el Camino de Bárboles, ya en buena dirección, es agradable por un entorno verde, tranquilo, con alternancia de campos y urbanizaciones disímiles en su estética y justificación. La cinta verdosa y arbolada que el Canal propicia nos indica que vamos por buen camino, aunque a mí me gustaría estar más cerca, si ello fuera posible. Como en un “esto me suena”, resulta que esta misma ruta fue la que una vez nos llevó a un curioso lugar donde tiene su sede una empresa pirotécnica, para pillar antorchas… qué cosas. Otro arreón recordativo me hace consciente de que estamos pasando al ladico mismo de la Balsa de Larralde… naturaleza, geografía, absurdo, todo de una tacada.

Y llegamos al Puente de Clavería, sobre el Canal. No lo cruzamos porque, sin pretenderlo, ya podemos seguir la orilla del Canal como si fuera algo previsto. Es un bonito puente, con sillares de caliza y ladrillos que conforman un melódico arco carpanel. Continuamos por la pista que acompaña al Canal, en un entorno precioso, porque es lo que tiene el Canal. Agua, campos, urbanizaciones alegales, que de todo hay en la viña del señor del trapicheo. Dejamos Pinseque a la derecha, y al poco rato vemos que termina la pista, aunque no las posibilidades de rutear lo inverosímil. Hacemos una breve parada, porque justo delante nuestro comienzan unas hiladas de sillería que van configurando un muro de proporciones importantes. Ni por un momento se nos pasa por el cerebelo pensar que ya estamos en las inmediaciones de la “Muralla de Grisén”. Ni por un momento. Es un paraje precioso, aunque justo en la otra orilla haya una monstruosa instalación industriosa de tratamiento de áridos que pega tanto como un taller de reiki en una asamblea política. Generará riqueza y puestos de trabajo, pero su ubicación es un despropósito.

Como ya no hay pista por la que continuar, sugiero que nos internemos por otra que dice que no tiene salida. El hecho de que unos segundos antes un coche se haya precipitado por ella me hace ver que la comunión en la infracción y en el error siempre es más llevadera. Bajamos pues, y la muralla de sillería se va haciendo impresionantemente tremenda. Aparcamos al lado de una estructura por la que desciende agua de forma veloz. El sonido del agua precipitándose es relajante y único, casi tanto como el del crepitar del fuego. Estamos en la almenara de San Martín, cuya función es desaguar del Canal para riego por medio de dos bocas de salida y una pendiente de 30º que imprime notable velocidad al fluir del elemento, hasta convertirlo en una auténtica cascada artificial. Fantástico. Mientras el señor Tausiet sube a la almenara propiamente dicha, yo me entretengo con los matices de una secular cohabitación entre la piedra de los sillares y el agua. Erosión, humedades, musgos y vegetaciones. Tras un buen rato merodeando por arriba y abajo de esta maravilla, ya con el sol dando buenos mazazos, decidimos continuar por donde dice que no hay salida. Y atravesamos el cauce de un curisoso curso acuático, contemplando al fondo que el encauzamiento del Canal continúa en forma de importante construcción en piedra. La pista, ya con firme de de cemento, llega hasta un parque bastante grande, de densos árboles, varias construcciones, e incluso plazas de aparcamiento. Cuando contemplamos la almenara que acoge a la Escalera de Caracol, caemos en la cuenta de que estamos hace rato en las “Murallas y Acueducto de Grisén”, o “El Caracol de Alagón”, esto es, la conflucencia del Canal Imperial con el río Jalón. El Canal discurre por encima, y el río es el curso natural de agua.

Paseamos un rato por el entorno, y lo pasamos regulero porque es la época en que los plátanos de sombra están soltando toda la pelusilla del universo entero a la vez, de forma que quienes tenemos alguna reacción alérgica a ella, pues ajo y agua. Con todo, el escenario es superlativo, si bien el pobrecico río Jalón está reducido a un chorrico bien pequeño, que la regulación de los ríos es lo que tiene, que siempre regula regularmente. Bueno, pues alcanzado con éxito inesperado el llegar al lugar en que estamos, ahora procedemos a remontar el cauce del Jalón, visitando algunas de las localidades que se hallan en su vega.

Comenzamos con la inmediata Grisén, nuevo ejemplo de lo difícil que resulta encontrarle la espalda al edificio de la iglesia parroquial: no es posible circunvalarla. Estamos un rato charlando en cigüeño con una de las cigüeñas de la torre, paseamos por algunas de sus calles, y continuamos tras afotografiar un bien antiguo cartel del Circo Atlas. Camino de Bárboles, por la CV-408 sorprendemos a unas tranquilas cigüeñas que buscaban almuerzo por los sembrados de la zona. Llegamos a Bárboles cuando el sol está dando pero bien, de tal forma que el señor Tausiet se queda al resguardo del aire acondicionado del coche, y yo me aventuro en una sorprendente plaza Mayor espaciosa y bien estructurada, donde destaca un observatorio astronómico, justo enfrente de un templo ceremonial religioso.

El siguiente núcleo poblacional es Bardallur, donde lo más sorprendente son las cuevas que pueblan los cercanos montes al pueblo. Ascendemos a una de ellas, pero el sol es demasiado terrible, y las sombras mínimas y progresivamente inexistentes. Unos muchachos están comiendo (bajo sombrilla) con una banda sonora en alto volumen en una de las terrazas de las cuevas, lo que nos anima a huir rápidamente del hostil entorno. Nos dirigimos a Plasencia de Jalón, que visitamos rápidamente, porque el calor y el hambre aprietan, pero bien. No dejamos de constatar que aquí también lucharon contra la II República, y están orgullosos de ello.

Pasamos por Rueda de Jalón sin entrar, dios nos perdone, pero hace hambre. En una curva a la derecha nos metemos por una pista buscando una sombra para comer los spaguettis entuperwarizados y caseros que, en previsión de lo sucedido, llevaba en la mochila. Cruzamos el Jalón y,  justo a la derecha, un aparcadero de coche, un banco de piedra, rica sombra, y tranquilidad. Justo lo que necesitábamos. Algunas hormiguillas nos piden argo de comel, pero no hacemos demasiadas concesiones. Un rato de descanso, tranquilidad acuática y verde, y continuamos.

Volvemos a cruzar el Jalón y continuamos hasta el desvío a la izquierda que conduce a Urrea de Jalón, con sus impresionantes cerros, uno de los cuales está aún coronado por las ruinas de un castillo musulmán del X. La torre de tapial aún destaca poderosamente, en un entorno que la erosión ha modelado formas sugerentes, que lo son aún más si las miramos con nuestros ojos.

Continuamos ruteando y llegamos a Épila buscando más café que otra cosa, al menos de momento, pero la tremebundez de los edificios de los Aranda me pierden un buen rato en que hubiera desfallecido de no ser porque iba cubierto. Tomamos el café con hielo en un bar cerca de la calle de los Felices que, con mayúscula, no se refiere a quienes disfrutan de la felicidad, o la ocasionan, sino a que en esa calle se encuentra el Palacio de los Felices. Estamos en Épila, por favor. Las tropa indígena, a estas horas, y por estas zonas, es mayoritariamente este-europea y norteafricana. Signo de los tiempos: un norteafricano de color negro va proclamando a voz en pecho que “soy de Rajoy”. Nos reponemos del tremendo susto y ascendemos la pendiente que nos conduce a la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, que bien podría haber sido “la Alta”, porque más arriba no se puede subir del cerro en el que se sitúa. Está mucho más limpia que la anterior vez que estuve por aquí, tanto por fuera, como por dentro. Nos metemos justo cuando una brigada local de mujeres limpia voluntariamente los suelos con un ardor que nos provoca sudores fríos. Muy amablemente nos muestran algunos de los tesoros que, según ellas, alberga el templo: la sacristía, un cristo descolgado que lo cuelgan en la cruz cuando toca hacerlo, y una pila bautismal “donde todOS hemos sido bautizadOS”. Aunque el fresco que hace dentro es salud a estas horas de la tarde, en la calle se respira un aire menos decimonónico, y nos vamos. Paseamos un rato buscando las sombras, e incluso otro café con helado que completa el menú del día, y nos vamos hacia la ex-azucarera.

Por la A-122 hace rato destacan las chimeneas de la ex-Azucarera, pero fallamos en nuestra primera aproximación y, como hemos acordado no volver atrás ni para coger impulso, seguimos hasta Lumpiaque. Ascendemos hasta llegar a la ermita de Santa Bárbara, pero ni truena, ni relampaguea, ni nada de nada, ¿o era al revés, que había que acordarse de ella cuando sucedían esos fenómenos atmosféricos? Abajo está la plaza del Ayuntamiento, con la iglesia parroquial de San Francisco de Asís, en la que también hay muertos por dios y por españa, mientras San Francisco se ha quedado de madera.

De regreso de Lumpiaque acertamos con la entrada a la ex-azucarera de Épila, y allá que nos vamos. La carretera de acceso pronto se transforma en una pista de pavés o adoquines, signo de que por aquí en tiempos se ataba a los perros con longanizas. El lugar es ciertamente impresionante, comenzando por los barrios de viviendas de las personas que trabajaban en ella, algunas de las cuales aún se utilizan, parece ser. Del industrial recinto de la azucarera se han derruido buena parte de las instalaciones, supuestamente para construir viviendas, que es lo que este país necesitaba, necesita, y necesitará: viviendas. Mas no hay viviendas, ni edificios del patrimonio industrial, ni azucarera. Realizamos una visita, entre las cuatro tremendas chimeneas levantadas en las dos primeras décadas del siglo pasado, y los pocos edificios que quedan en pie. En el suelo, rastro de vías para vagonetas, de calles adoquinadas sobre las que transitaban las 1500 personas que llegaron a trabajar aquí, y restos de algunos útiles azucareros. El paisaje es sólo silencio, ruinas, algo de vandalismo, y mucho suelo para nada. Unas cercanas y gigantescas naves en pie apestan a cagarrutas de ovejas, porque aquí la evolución ha sido del industrialismo, al pastoreo.

Abandonamos el recinto, y nos vamos a culminar el día con la última visita: el Santuario de la Virgen de Rodanas. El camino hasta este lugar es un auténticco sufrimiento por el estado de la pista, y por el cansancio acumulado del día. Vamos ascendiendo, y el paisaje adquiere tonos verdes y arbolados inauditos hasta el momento. Llegamos al lugar que, en realidad, es más un santuario del churrasco y el ternasco, pues está industrialmente habilitado para acoger a decenas y decenas de personas que vayan a pasar el domingo a comerse lo que no está escrito, previo paso por fuego de leña. El entorno es curioso, con un atractivo y pétreo patio con reloj de sol en pared y varias puertas dieciochescas. Hay un lugar con olivos más que centenarios, y un panel que no dice nada, y lo dice todo. Hay un estanque artificial con anátidas varias, una de las cuales está poseida por el espíritu santo, sin duda, pues no hace más que gemir como un perro. Hay un bar con terrazas, pero todo está cerrado y desierto. Dejamos pasar un rato el tiempo, y regresamos por la pista hasta la A-121, donde pillamos dirección La Almunia de Doña Godina para volver por la Autovía, ahora que todavía no hay que repagar por utilizarla. Llegamos a Zaragoza con una buena paliza de día encima, pero con otro peripaseo debidamente cumplimentado. Amen.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Peripaseos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s