ZGZ: Barrio de San José (III)

1845-1904

Las modernas inversiones industriales de la burguesía local empiezan a tomar forma en 1844, cuando se autoriza la instalación de nuevas harineras en la ribera del Canal, aprovechando agua sobrante de riego para generar una energía hasta entonces de tracción animal. En 1845 se inaugura la primera de ellas, la Harinera de Almech, alimentada por la acequia de San José, en el cruce entre Camino de las Torres con subida de Cuéllar. Le siguen otras: la de Rufino Vidal, la de Aniceto Luesma, la de Pedro Urroz… Esta última en lo que había sido en el siglo XVIII un molino de aceite situado en la empinada cuesta del Camino que sube a Torrero. Antonio Morón, en 1920, le dará el aspecto que habría de tener hasta que deje de funcionar en 2001.

Aprovechando el agua del Canal distribuida por acequias, se consolida una red de lavaderos públicos, como el de “La Balseta”, donde las mujeres acudían a lavar la ropa. Convertida en energía motriz, el agua también atraía a otras instalaciones industriales que se van instalando en la zona: aserraderos de piedra como el de Antonio López, fábricas de yeso como la de Manuel Gracia, fábricas de teja y ladrillo como la de F. Constantin, y aserraderos de madera, fábricas de jabón, de chocolate, talleres de metalurgia, de confección, de vidrio… Las materias primas eran generalmente del entorno cercano, como local era también su mercado. Así, el sureste periférico empieza a transformarse y, junto a los campos de cultivo, viviendas rurales, acequias y caminos, aparecen estas industrias sobre fincas hasta entonces agrícolas. Esas industrias necesitan mano de obra, y otras fincas son vendidas para construir sobre ellas viviendas para trabajadores, en núcleos residenciales espontáneos, sin planeamiento, aislados, baratos, y sin servicios.

Una riada del Huerva había arrasado los puentes de madera sobre él tendidos en 1830, y eso dio pie a la construcción en piedra y barandilla de hierro, en 1855, de un nuevo Puente de San José más firme y duradero, ya no encaminado desde la Puerta Quemada, sino conectando la Plaza del Duque de la Victoria con el Camino que sube a Torrero y el Camino del Bajo Aragón. Toda esa zona pertenecía administrativamente al Distrito 4 (San Miguel), en el denominado Barrio de las Afueras de Santa Catalina, por el cercano convento de monjas clarisas. Al mismo tiempo se derribó el muro de tapial árabe que delimitaba Zaragoza desde la Edad Media, signo de que la ciudad estaba empezando a expandirse, a crecer, a atraer mano de obra: en menos de un siglo alcanzó los 64.000 habitantes, y eran necesarios nuevos espacios para construir nuevos y más grandes edificios que ya no cabían dentro de la ciudad consolidada.

Si el centro urbano contaba desde hacía poco con el jardín de la Quinta de Juan Bruil como espacio de recreo, relajo y descanso entre plantas y flores, los Jardines de la Perfumista de la torre de Juan Bernardín, en el Camino que sube a Torrero, ofrecía un espacio similar, y bastante concurrido, entre alamedas, árboles, plantas y flores.

La llegada del ferrocarril en 1861 revoluciona la ciudad, alterando y determinando profundamente su fisonomía. El ferroviario fue el segundo gran campo de inversión de la burguesía española, y cada línea era promovida por una compañía distinta, sin una planificación en conjunto. Así, distintas estaciones fueron surgiendo para dar servicio a las distintas líneas, canalizando tanto mercancías como pasaje. En 1865 en el Camino del Bajo Aragón se inauguró la Estación de Cappa para dar servicio ferroviario a la línea Zaragoza-Escatrón. Esta estación abrió un nuevo vector de crecimiento urbano que se irá consolidando con el tiempo.

Las vías del ferrocarril directo Madrid-Barcelona abrieron una profunda trinchera desde la Estación del Santo Sepulcro que condicionó los posteriores desarrollos de la zona, además de darle nombre, de forma muy práctica, al lugar por la que discurría: Calle del ferrocarril de Madrid a Barcelona que, después de salvar la acequia de las Adulas y el Camino de las Torres, empezó a conocerse como Camino de los Fletas, por el apellido de los hermanos propietarios de la inmediata finca. Desde muy pronto empiezan a reivindicarse pasos transversales para acceder a uno y otro lado de las vías, y su cubrimiento tendrá que esperar casi un siglo.

Con la demolición en 1869 de la Puerta del Duque de la Victoria (Espartero), se cambió de nombre de la plaza (ahora de San Miguel) ilustrando lo relativo que es en esta ciudad decir que algo es así “desde siempre”. Unos años después, en 1876, se inauguran los nuevos depósitos de agua de la ciudad en Cuéllar (así llamado por el nombre de la familia propietaria de la finca sobre la que se asienta), y ya por entonces el Camino que sube a Torrero empieza a denominarse Camino de San José, entre otras cosas por la inauguración del Hogar de San José al comienzo del Camino (sobre lo que fue una gran finca de Miraflores), obra de Ricardo Magdalena, uno de los escasos ejemplos de arquitectura “de autor” entonces fuera de la ciudad histórica.

Son años en que tiene lugar una auténtica revolución industriosa en la ciudad. En 1884 se inaugura la Granja Agrícola de Zaragoza, sobre las 21,5 Ha de la hasta entonces finca agrícola “Torre de la Infanta”, en la Partida de Rabalete, cerca del Puente del Virrey. En esta Granja se experimentará la aplicación de nuevas técnicas al sector agrícola (abonos químicos), la extracción industrial a gran escala del azúcar de la remolacha, y la introducción de nuevos cultivos y del maquinismo en el campo. Mientras, la inauguración del enlace ferroviario de Miraflores dejó en segundo plano a la Estación de Cappa, que entró en crisis por quiebra económica, y cesó su actividad.

En 1885 se constituye la Sociedad de Tranvías de Zaragoza, y la primera línea será la del “Bajo Aragón” entre la Plaza de la Constitución y la Estación de Cappa. Los tranvías, de color granate y movidos por tracción animal, tendrán sus cocheras en el Camino del Bajo Aragón, hasta 1976. En 1886 se inauguraría la segunda línea, llamada “Torrero”, entre el Paseo de la Independencia y la Playa de Torrero.

La llegada del tranvía coincidió con un gran evento: la II Exposición Aragonesa de Productos Agrícolas, Industriales y de las Artes, cuyo escenario fue improvisado en el nuevo Matadero Municipal, que será inaugurado en 1887, tras la Exposición, y sustituir al medieval macelo del Arrabal. Su ubicación, a medio camino entre el Penal de San José y la Estación de Cappa, consolidaba la zona como área en expansión.

De que la ciudad crecía daba testimonio un nuevo depósito de agua que fue inaugurado en Cuéllar, y de que en el sureste se afianzaba un importante polo industrial da testimonio la instalación de tres importantes referentes: los Talleres Carde y Escoriaza en 1897, en el Camino de las Torres (aunque pronto se trasladará a su ubicación definitiva en el Campo del Sepulcro); la fábrica de acumuladores eléctricos TUDOR en 1898, conocida como “La Pilar”, en lo que hasta entonces había sido la harinera de Almech (que más adelante se trasladará a la Avenida de Navarra); y la Industrial Licorera Española, dando un uso más espirituoso a la remolacha azucarera, junto al Camino de San José, en Miraflores.

A las industrias seguía la implantación de pequeñas y discontinuas barriadas residenciales para obreros, generadas por la parcelación y edificación de antiguas fincas agrícolas cerca de las principales vías de comunicación. Solían ser los nombres de esas fincas los que les singularizaban: Barrio de Miraflores, Casas de Cuber, Barrio de Monforte, Casas de Salvador, Barrio de las Acacias… Los bajos precios del suelo, la ausencia de regulación urbanística, y una característica tipología de casas “baratas”, favorece su proliferación. Se empieza a consolidar así el dualismo entre el “centro” de la ciudad y su periferia suburbial, tan característico de la ciudad capitalista. Mientras la pujante burguesía industrial impulsaba nuevas y selectas zonas residenciales en el Camino de Torrero y en el Paseo de Ruiseñores, los “ensanches” obreros de estos barrios particulares y discontinuos se van llenado de población trabajadora inmigrante, viviendas precarias y sin dotación de servicios públicos.

En el tránsito de siglo continúa la explosión industriosa de la zona, siempre con una acequia cerca para provisión energética. En 1900 se instala la “Fábrica de cerveza, malta y hielo”, pronto conocida como La Zaragozana, muy cerca de la TUDOR; ese mismo año, y abastecida con residuos ganaderos procedentes del matadero, comienza a funcionar la fábricas de piensos “El Guano” cerca del nuevo Puente del Virrey, construido para salvar la trinchera del ferrocarril; en 1901, la “Fábrica de Tejidos e Hilados de Pina y Marín”, detrás de la Harinera de Pedro Urroz, cerca del Camino de San José.

Este desarrollo industrial hace que Zaragoza alcance los 100.000 habitantes, aunque el río Huerva sigue siendo su límite sureste: los barrios particulares nacidos al albur de las industrias, no son aún considerados “ciudad”. El Penal Correccional de San José, ya engullido por la expansión urbana, deja de funcionar como tal, y unos años después empezará a ser utilizado como Cuartel del Ejército de Tierra (Cuerpo de Intendencia), hasta la década de los setenta. La zona conocida como Caserío de Montemolín (referencia al antiguo molino de aceite allí localizado), se suma a las zonas que se desarrollan urbanísticamente, mientras los tranvías comienzan a pasar de la tracción animal a la eléctrica.

Con la constitución de la compañía “Minas y Ferrocarriles de Utrillas, S. A.” en 1905, adquiere un nuevo y más destacado protagonismo la Estación de Cappa, ahora denominada Estación de Utrillas, receptora del carbón proveniente del Bajo Aragón, que conocerá años de tremenda actividad, en los que hasta un tercio de todo el lignito extraído en España será el que provenga de las minas de Utrillas. Estos desarrollos, además de propiciar el consiguiente “barrio de estación”, atrajeron actividad industrial, como los Talleres Izuzquiza, relacionada con el mantenimiento y reparación de la maquinaria ferroviaria.

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