Qué verde que fuera mi anillo norte (y 2)

20-03-2012. Recién comienza la única primavera del año en la ciudad, esa otra curiosa estación inexistente. Es un fronterizo día entre furiosas y previas rachas de viento norte, y un posterior y raro día de precipitaciones en forma de lluvia, que ni los viejos del lugar recordábamos cosa parecida, al menos desde hace meses. José Antonio Maldonado predice que, si hay que andar, ésta es la jornada, y nosotros convenimos en que vamos a ello.

Y ello es la continuación del proclamado, inflado y rimbombante “Anillo Verde Norte” allí donde lo dejamos el día en que todos los santos se conjuraron en nuestra contra, hace poco. Se trata del supuesto “tramo 5”, de nombre “Parque Goya”, desde la Avda. Academia General Militar a la Avda. de Ranillas. 5,3 kilómetros que, convenientemente customizados a nuestros veteranos pareceres, se estirarán 3 kilómetros más, a los que sumar un retorno tranquila, hasta completar algo más de 13,5 km. Eine kleine reise, en germánica expresión.

Comenzamos, pues, en la Avda. de la Academia General Militar, en el monolito erigido en el año 1992 por la citada Academia en agradecimiento a “la inmortal ciudad de Zaragoza (cuna de heroísmo)“. Si Zaragoza es la cuna, la Academia debe ser la mano que mece la cuna, que no te digo nada, y te lo digo tó. Y aún se la guardan a Azaña, por cerrarles.

Tras el puente (sin nombre) por el que transita la Ronda Norte/Z-40, comienza la ética señalización del tramo 5 del Anillo Verde Norte que, cual cuervo loco, indica, pero indica poco. Caminamos por la acera, que bien podría ser cualquier acera de la ciudad, sin nada verde en particular que apreciar, que no sean los artificales setos que impiden la visual de los patios y jardines. Estamos en una de las muchas zonas de la ciudad explosivamente modificadas por un urbanismo extensivo e intensivo, si bien de cuando en cuando nos topamos con islas del pasado, bien en forma de viviendas fuera de forma, bien una repentina acequia, bien una caseta de electricidad de cuando el francismo.

Pasamos la Mutua, y ya las obras de la segunda fase del Tranvía (viva el tranvía) se dejan sentir. El Colegio cristorey.escolapiosaragon.org también celebrará la República con una jornada de puertas abiertas el 14 de abril. Cuantos más seamos, más reiremos, aunque esto no parece tenerlo muy claro el señor Tausiet. En el cruce con Majas de Goya, ejercemos de prejubilados en la extática contemplación de un importante y decisivo movimiento de obra. Para alcanzar el Parque “Caprichos de Goya”, al otro lado de la avenida, tenemos que llegar hasta la ex-rotonda de la MAZ para poder cruzar. No es el momento, ni el lugar, de contar la interesante historia de esta rotonda, situada en el nec plus ultra de la ciudad, por el momento. Plus ultra, la Academia General Militar y el campo de San Gregorio parecen dos importantes argumentos para que la ciudad refrene ya por el norte su crecimiento. Lo que sí llega a su final es el tranvía, que acaba justo antes de la ex-rotonda. Ya falta poco para poder llegar aquí rodando sobre raíles, y no aspirando CO2.

Para poder acceder al Parque Caprichos de Goya debemos retornar, no por capricho precisamente, a nuestros orígenes simiescos, por un africano terraplén atléticamente hominizado. Este Parque no está en la ruta del Anillo: es uno de los denominados “subanillos” que, ya que el Anillo pasa más o menos por aquí, pues hala, lo metemos dentro porque, ya está dicho, cuantos más seamos…

Desde la altura del Parque se otea bien el entorno, incluyendo la contestada subestación eléctrica de Los Leones, y el Puente de las Culturas, composición de Abelardo Espejo con dos arcos parabólicos que referencian los nuevos puentes sobre el Ebro, amén de los puentes entre culturas que la Expo decía suponer. Al menos, han quedado los puentes entre riberas (salvo el pabellón-puente, Iraq mediante). El Cascajo también destaca, pues está más alto. En este parquecillo (por el tamaño), tampoco hay muchos humanos con los que departir, siquiera sobre el aneurismático diseño de la fuente de la que no emana agua.

Antes de salvar Majas de Goya, contemplamos la perfecta disposición de vías, conducciones eléctricas, enrejados de encofre, previos al paso del tranvía. Hay tanto espacio, que se podrían colocar otras dos vías, inaugurando así la modalidad “autovía para tranvía”, que suena insensato, pero sólo si no lo aplicas a vehículos particulares con motor de explosión.

Superamos Majas de Aragón a través de un doble paso de peatones, sobre cemento, y sobre jardín japonés-a la aragonesa (sólo piedras). Accedemos, tras pronunciado terraplén cuestabajo, a la calle El Globo, donde el carril bici y el carril peatonal deben ser interpretados como Anillo Verde Norte. Vamos por donde los peatones, hasta la reciente pasarela que salva la Avenida de los Pirineos y nos conduce a Parque Goya 2. En la calle Volaverunt encontramos un grupo escultórico formado por dos goyas, y una duquesa de Alba con perro. Están en un atisbo de zona verde, tan verde como el Anillo Verde mismo. Llegamos al Parque de los Tapices de Goya, cuya parque acuática está bien necesitada de precipitaciones lluviosas, pues su lámina de agua es más literal que nunca. Hay dos patos que, pese a intentarlo, no encuentran zona donde nadar, y sólo pueden chapotear andando como patos que son. Mira que hay parques en Zaragoza, chico, y la mayoría, desconocidos.

Desde la inmediata calle La fragua advertimos, al otro lado del carril bici, una agreste zona a la que, de inmediato, nos dirigimos para regresar al pasado de lo que eran todas estas barriadas: secarralidades atenuadas por una red de acequias que delimitaban campos de cultivos herbáceos, cañaverales, espartos, y la habitual panoplia de plantas naturales asociadas al secano más riguroso. Ahora toda esta zona que, temporalmente, ha sobrevivido a la urbanización, asemeja escenarios de rodaje del planeta de los simios. Con el Pilar al fondo, eso sí. Volvemos a La fragua hasta su cruce con Majas de Goya. En algunas ventanas leemos reivindicación de nuevo centro de primaria en la zona, que es lo que tiene el neoliberal urbanismo, que construye primero las viviendas, lleva a la gente, y luego cae en la cuenta de la necesidad de ambulatorios, colegios, transportes colectivos, etc. y que, si es así, ya se encargará la DGA en poner las perras. Listos que son. Un poco antes se está haciendo la sucursal de una secta religiosa que financiamos entre todos los sujetos físicos tributantes, aun no queriendo (vía concordato pergeñado en el francismo).

Continuamos por Majas de Goya. Hace tiempo que hemos perdido el rumbo del Anillo Verde, y fíjese usted qué cosa más terrible, o no, porque de la misma forma que lo han dibujado un poco más arriba del mapa (Ronda de Boltaña), bien lo podrían haber puesto por aquí: la misma justificación hay (ninguna). Como la acera está invadida por las vallas de la obra, cabreamos (hacemos el cabra) por entre los montículos y restos fósiles de otra zona que ha quedado sin urbanizar. Hallamos restos de antiguas calles; saludamos presencia de buscadores de tesoros, trufas, setas, o caracoles, con perro incorporado; encontramos cueva que bien podría ser la del primo de Caco (Macaco); hollamos restos de una antigua acequia, que bien pareciera trinchera de la Gran Guerra, como las de Verdún, o el Somme.

Ya en la Ronda de Boltaña, pero siempre desde las alturas de las cabras, descubrimos lo que han de ser las principales cocheras y talleres del tranvía, encajonadas en los inmediatos montes de Juslibol, para lo que se han comido unas 200 mil toneladas de terreno monteño. Continuamos por la propia Ronda de Boltaña, cuando una tremendas paredes muy nuevas, con cámaras de seguridad, y terminaciones redondas, nos hacen caer en la cuenta de que, como en Blue Velvet esto es un misterio que hemos de resolver. Mientras, amapolas vemos crecer entre cantos rodados, algún ciclista acelera por su carril porque es de bajada, y las capitanas se acumulan formando apretado pelotón. En la glorieta de intersección de la Ronda con la calle Luciano Gracia, más conocida como la de acceso a Juslibol, casi se nos pasan desapercibidos los baturricos chapados en acero corten oxidado, obra de Óscar Laínez, pues al no ser de bulto redondo, sino perfiladas, pues casi ni se ven… Además, mucha glorieta parece para tan menguada obra. Bien podrían haber puesto una réplica a escala 1:1 de la Torre Nueva, que bien hubiera cabido. Es una sugerencia.

Ya casi en Juslibol, nos desviamos por la derecha (siempre hay un camino a la derecha), por el Camino Viejo de Alfocea, para resolver el misterio antes citado y, de paso, visitar sin entrar el novísimo macrocomplejo Rey Ardid, justo al lado del antiguo, que resulta ser una residencia de personas mayores, viejos, que se decía antes. El misterio nos lo desvela un coche de policía autonómica, y un cartel que reza “Centro de Educación e Internamiento por Medida Judicial”, esto es, un reformatorio para menores des 14 a 23 años, con módulos cerrados y un módulo en régimen semiabierto, amén de un módulo de internamiento en régimen terapeútico. Cada uno de estos espacios tiene un colorcico que lo identifica en su tejado (verde, azul, rojo). Siguiendo recto, ya en un camino polvoriento, se accede a las obras de las cocheras del tranvía, amén de a Áridos y Excavaciones Lobera. El señor Tausiet intenta aproximarse algo más de la cuenta, y casi debe ser excavado de un cercano cúmulo arenoso al que casi se precipita, sin pretenderlo. Su proberbial sentido del equilibrio le evita la precipitación.

Por la calle El Castelar nos metemos ya en Juslibol ascendiendo, como su nombre indica, hacia un hoy inexistente castillo. Lo que sí que hay son los sempiternos perros ladradores, que mira que somos bien pacíficos, pero no hay forma de que se queden calladicos, sin molestar. Intentamos ir por la acera, pero es algo difícil si no se es funambulista profesional. Casi ya arriba del todo hay no un castillo, sino un campo de fútbol, con referencia cercana a la sede de “Amigos del ternasco”, algo que nos hace salivar de inmediato. Ya de bajada, por la Calle Campamento, peculiares viviendas excavadas y empotradas en el terreno, algunas en uso, y otras, pues no tanto. Como continúa la salivación, nos vamos al bar del barrio a por unas bebidas, un plato de olivas negras con atún, y bien de pan, que vamos, vamos…

Salimos de Juslibol a retomar el Anillo Verde, que eso era lo que nos convocaba, parece ser. Seguimos por la Ronda de Boltaña, y sus rotondas de futuro (porque ahora no sirven para nada). En poco nos ponemos a la altura de los ignominiosos párkines de la Expo 2008, hoy viveros de esparto, y recinto de conciertos cuando determinadas fiestas. Sin darnos cuenta casi, ya estamos en el final de tramo, un tramo que existir, existe, al menos eso dice Jerónimo, pero que si no lo hiciera, tampoco pasaría nada. Alcanzamos la Ronda Norte/Z-40, justo donde hace unos días hicimos, sin quererlo, el siguiente Tramo del Anillo, que discurre por las dos orillas del Ebro desde aquí y hasta el Puente del Tercer Milenio.

Se aproxima la hora de comer, y nos volvemos por la Avenida de Ranillas, entre cómodos bancos (de sentarse) y campos de fútbol de coloridos asientos, hasta llegar a la glorieta donde se alza 41O40’00’’N.00O54’30’’W, u homenaje de Michael Winstone a los sauces blancos que, de forma natural, hacen de barrera ante las crecidas del Ebro. El título de la obra se refiere a las coordenadas geográfica de estos árboles. Lo mejor de la obra es que el ábol representado está al revés, con sus ramas haciendo de raíces, y el tronco es la única y gran rama. En noches de negro cielo asemeja a los marcianos de La Guerra de los Mundos.

Siempre por la Avenida Ranillas seguimos, por los parques de la Tolerancia y del Respeto, como en nosotros en bien característico, hasta llegar al Ebro, en que pillamos la orilla bien orillada de un río en sus horas más bajas de nivel de agua. Inspeccionamos unos fracasados jardines verticales, que mira que sus plantas requieren poco cuidado, pero ni eso. Todo muerto, o casi. Viva la Expo. Los jardines verticales de piedras se han mantenido en buen estado, sólo faltaría ya que. La depresión aumenta al llegar a un supuesto embarcadero, que antes lo volverán a usar los vikingos, ojalá, que los barquitos impuestos por los snob, que como los hemos pagao entre todos… La cosa mejora al llegar a la paserola de Manterola, que mira que es bien maja. Y las ranillas de Arrudi, que eso sí fue buena idea. De las pequeñicas 610 que homenajean a Fibonacci, quedan la mayoría, menos las sisadas por los impenitentes comedores de ancas broncíneas. El resto, son acariciadas hasta sacarles el bronce que llevan dentro. Como nos hemos cargado a las vivas, amamos a éstas.

Atravesamos el Puente de la Almozara, y comemos en el mejor sitio del mundo que está en la calle San Blas, mientras la TV habla de corrupciones varias en el PPSOE, y de que unos niños religiosos han sido asesinados en Toulouse. Tomamos café en la plaza de Sas al doble de precio que en un chino (siendo el mismo café y servicio, luego dirán que), y pasamos por el oscuro pasaje de los Giles, que más parece mausoleo de moribundia que cosa humana. Los sillares de las Piedras del Coso están otra vez cambiando de empresa contructora, que así llevan años, y años, y años. Si el Ebro iba fino, la Huerva casi ni va, de no ser por los asquerosos vertidos de que se nutre (es un decir) durante sus tramos marihuervano, cadretano, cuartano y, last but not least, zaragozano. Ya ya estamos de regreso al barrio.

Los restantes tramos del Anillo Verde Norte ya los hemos recorrido, sin pretenderlo, anteriores peripaseos. Tampoco pretenderemos volver a lo aquí narrado en mucho, mucho tiempo. Notarios somos de este enorme despropósito que es el Anillo Verde Norte. Vale.

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