Tránsito

31-12-2011. De cualquier manera, había que celebrar que había sido 2011 un buen año para la práctica peripaseística. Por ello, decidimos celebrar el tránsito de año de cualquier manera. Y un común acto reflejo, o tal vez el espíritu santo que peripaseaba por allí, nos iluminó que no hay otra manera que la propaganda por el hecho, de manera que allá que nos fuimos, ribera arriba del Ebro, buscando encontrar fortuna o, tal vez, más tontuna.

Y mientras el común empezaba la ingesta de los segundos abundantes platos, agarramos carretera sin manta, y allá que nos fuimos, circulando por una ciudad agradablemente tranquila, esto es, sin coches ni estruendos viarios varios. Las principales vías aparentan silenciosos escenarios post-apocalípticos, o pre-zombies, que vendría a ser casi lo mismo. Tranquilos, en todo caso. Hace fresco mas, al no soplar cierzo, no es un fresco siberiano. Por la Autovía del Ebro vamos remontando el idem, dejando a uno y otro lado localidades ya periholladas, entre una clamorosa ausencia de tráfico rodado. Estamos solos, y no sólo no nos quejamos, sino que nos parece hasta bien.

Y así llegamos, tras algo más de 16 km., al desvío hacia Sobradiel. Es una noche de boca de lobo, y conforme nos alejamos de la gran urbe, se van revelando las mínimas luces de galaxias y constelaciones, invisibles desde río abajo. Entramos al pueblo cuando el común ya está dando buena cuenta del segundo plato. Oímos el bullicio tras las puertas de las casas, mientras iniciamos nuestro recorrido por entre ellas. Es un pueblo bastante majo, con personalidad propia la parte consolidada, por donde da gusto pasear, y con la habitual parte despersonalizada a base de adosados y viviendas que están aquí, como podrían estar en casi cualquiera otras partes. En este pueblos han caído bastantes perricas de cuando había vacas, y las han invertido en arreglar edificios rotos. Ya veremos si ahora les llega para mantenerlos abiertos, funcionales, y con personal en dignas condiciones laborales.

Notable diferencia de los peripaseos diurnos es la dificultad de, sin flashes, dejar huella visual, mas lo intento, hasta que fallecen las pilas de la cámara, de puro toquiteo sinsentido. Lo bueno es que, al menos, no hay posibles contraluces en la barroca, y muy restaurada, iglesia de Santiago, sino sólo sombras, y oscuridad, y ello permite que, de cerca, casi no se vean las dos torres que, tras la intervención, bien parecen barroco-marcianas. La parte de la Casa Consistorial presenta un patio con llamativas erupciones que, según como se miren, parecen de colores. Vamos finalizando la vuelta, cuando encontramos el primer cartel del mundo coherente, en el que Madrid se escribe tal y como lo pronuncia buena parte del común. Un figurado árbol de los deseos en colorines nos recuerda que tenemos el estómago gritando desde hace rato que le echemos algo.

Dejamos el pueblo y, por una carretera pronto pista, nos vamos al embarcadero, a cenar, que ya es hora. Iluminados por el coche, preparamos las magras viandas que, en un entorno espectacular, bien ricas saben. Sobre al barcaza, apagadas las luces, los ojos se van acostumbrando a la luz de la oscuridad, y se nos aparece el Ebro, los cortados de El Castellar (en la otra ribera) con sus nombradas salinas, el deslumbrante fulgor de Zaragoza y, por encima, una bóveda estampada de lucecitas que se concentran especialmente en la Vía Láctea. Bien pocos ruidos, la verdad. Del río nos llega una progresiva sensación térmica de congelamiento por mezcla de frío y humedad. Abandonamos la barcaza, y como la cena ha sido rápida, nos da tiempo de tomar las uvas en otro sitio.

A pocos kilómetros en dirección N-W llegamos a Torres de Berrellén. No logramos testimonios gráficos, por las circunstancias antes descritas, de nuestro paseo por el casco, especialmente por la bonita plaza con la Casa Consistorial renacentista en color azulete, y una casa-palacio barroca y rosada. Nos cruzamos con tranquilos gatos, rollizos de bien cenados. No logramos encontrar la iglesia, y eso que la torre mudéjar bien destaca, aun dando vueltas y vueltas. Y nos dieron las uvas, así que nos fuimos a un peculiar enclave en el que, casi con seguridad, hasta esa noche habría vivido pocas celebraciones de tránsitos de año. De los otros tránsitos, seguramente más. Tras la ingesta de las preceptivas 12 uvas y media que salen en los tarros unipersonales, bañadas en un siniestro líquido, atacamos el turrón (hasta la fecha, el único que he ingerido en años) y unas burbujas con las que brindar por nuevos y fascinantes peripaseos en un año en el que, lejos de acabarse algo, es el del comienzo de todo.

Mientras calles y carreteras volvieron a repoblarse con gentes en busca de sus particulares marion cotillards, nos vamos hacia Pinseque, al otro lado de la Autovía del Ebro. Nuestro paso fue lineal, raudo y, como en Torres, fallido, pues la mudéjar torre de San Pedro, visible desde bien lejos, se nos fue yendo de la vista conforme nos acercamos a ella, la perdimos, y ya no la encontramos. Curioso fenómeno éste, el de las torres perdidas. Por la Avenida del Canal llegamos, sorprendente, al mismísimo Canal Imperial, nuestra más apreciada obra de ingeniería civil dieciochesca. Remontamos su curso un rato, hasta llegar al río Jalón, que no atravesamos, porque damos un giro a los acontecimientos, volvemos a la Autovía del Ebro, y de vuelta a la urbe, tras un tránsito de año sorteando peligros, pericias, y hasta permanencias.

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