La Muela

22-12-2011. Un día de cierzo no es cualquiera cosa por estas latitudes, como bien comprobaron (tarde) los romanos que fundaron alegremente la ciudad. Este viento norte se nos lleva nubes, olores, hojarascas, bolsas de plástico, mas también el sentido y la razón cartesiana, de ahí que gestas y arrebatos, en cualquiera de sus denominaciones, sean característica antropológica titular, y ciertamente peculiar, de quienes moramos esta parte del valle. Que había que subir a La Muela, pues subimos, aunque para ello se nos tengan que secar los pocos sesos que nos quedan. Por el Tercer Cinturón y Los Enlaces agarramos, pues, la vieja carretera de Madrid y la autovía hacia una de las cuatro alturas que delimitan a Zaragoza: La Muela (las otras son la Plana, el Castellar, y la Sierra de Alcubierre). El que esta altura y sus poblaciones pertenezcan a otro partido judicial y otra Comarca, es más un accidente, mas así son las cosas.

Hacemos una primera inspección rutinaria al Polígono Centrovía, de casi 3 millones de m² de superficie, que es como decir una inmensidad gigantesca. La pronunciada pendiente sobre la que se asienta le otorga una buena visual del valle del Ebro y, en días ventosos como éste, alcanza a Zaragoza, Alcubierre, y los distintos escalones de los Pirineos, culminando en sus ahora blancas cumbres finales. Anchas calles, decenas de naves industriales, parcelas enormes, y algunos solares de proporciones babilónicas, apabullan a quienes somos de pueblo. Nos sobrevuelan bastantes aeronaves militares, como ya es rutina para todo el arco del suroeste zaragonano. El edificio de Aranade, la sociedad urbanística pública del Ayuntamiento de la Muela que gestiona comercialmente el Polígono, asemeja un moderno y funcional tanatorio, porque la buena arquitectura contemporánea debe ser abiertamente polifuncional, bien para buenos, bien para malos tiempos.

Cruzamos la autovía y nos sumergimos en la transparente miseria de Ciudad Zaragoza Golf, proyectada urbanización ilusoria de más de 2.500 viviendas de lujo cuya realidad hoy es un bloque de viviendas protegidas con una veintena de habitantes, varios esqueletos de hormigón sin terminar, algunas parcelas excavadas para asentar unos inexistentes cimientos, y decenas de solares sin otra presencia que las pocas hierbas y conejos que pueden crecer en estas estepáreas áreas. La urbanización del proyecto se asemeja a esos polígonos industriales que tienen de todo, menos industrias: aquí hay de todo, hasta carril bici, pero no hay viviendas. Lo mejor, son las vistas del valle del Ebro, aunque para eso no era necesario proyectar nada. Al final de la urbanización visitamos lo que parece una fortaleza del Conde Vlad Dracull y, la verdad, visto lo visto, es que no nos sorprende.

Ascendemos el Puerto de la Muela con la tradicional vista de los repetidores que lo caracterizan, y en cuanto vemos el cartel de “Camino Viejo”, para allá que vamos a La Muela. La que pretendía ser tercera población de Aragón está teniendo problemas en mantener los 600 animalillos del Aviapark, y algunos de ellos están abandonando involuntariamente el recinto en el que estaban confinados, unos con las patas por delante, otros de estraperlo. Justo enfrente está la Plaza de Toros, fenómeno antropológico a considerar. Yo lo hago no amablemente, por eso me fijo más en el toro. En la Plaza Corazón de Jesús encontramos al tal Jesús, a la Guardia Civil, y a la placa de los caídos “por Dios y por España”, lo que nos nos alegra precisamente el corazón que, aunque sólo sea un músculo, padece lo suyo estas cosas. Por el arquitrabe de acceso a la calle Gil Tarín llegamos al exterior del Museo del Aceite, el primero de la ruta de los museos cerrados del pueblo, y el primero de los edificios con atroces placas de cuando fueron inaugurados. Los textos de las placas son espeluznantes. La fachada del Ayuntamiento aúna estilos tardo-góticos y neo-speer, amén de un tremendo reloj checo-baturro de extraño regusto. Escapamos corriendo. Buscando un bar para almorzar, encontramos un calvario jalonado de imágenes religiosas, pozos, y perros ladradores (aunque tras reja) que nos conduce a la “Hermita” de San Antonio Abad. Estamos en el Casco Viejo del pueblo, con un urbanismo y tipología de viviendas muy distinto al que ha dado triste renombre al lugar. El viento es terrible, pero por estas callecicas se está a resguardo: estas cosas las hacían bien los antiguos. La iglesia principal está por demás de restaurada, y eso lo saben hasta los gatos del lugar. Por fín encontramos un bar, y mientras ingerimos el preceptivo pincho de tortilla, unos niños cantan números en la TV. Pillamos la Calle Mayor, por donde pasaba el “Camino Viejo”, y acabamos en una arqueológica carretera que en sus tiempos llevaba a Madrid, y que ahora sólo nosotros hollamos. Descendemos de la muela por curvas escalofriantes, al rato desaparece el firme, y no hay conexión con la autovía, aunque cuando estamos ya en el término municipal de Épila podemos dar media vuelta. El Moncayo se recorta perfectamente en el horizonte. Accedemos al Parque de los Pozos, con su preceptiva placa, al lado de la autovía y al pie de varios generadores eólicos, habitados por decenas de palomas que nos miran con sonora extrañeza. Volvemos a La Muela entrando por la antigua carretera de Madrid, rebautizada con el nombre de la esposa del actual Jefe del Estado, que conforma un peculiar y llamativo acumulario de objetos estilo “todo a 100.000 €”, algunos ciertamente extravagantes. El señor Tausiet, con acierto, lo rebautiza como “Paseo Malibú”, expresión que estoy seguro que hará historia, al aunar el monopoly con la suma horterez. Los otros dos grandes museos de la localidad, el Museo del Viento, y el Museo de la Vida, se encuentran en las inmediaciones, y están cerrados temporalmente por “motivos técnicos”, como el Museo del Aceite. Los circunvalamos y detectamos una forzada brecha de entrada en uno de ellos, que de todo tiene que haber. Una penica tras otra se nos van acumulando al pensar sobre todo esto. Vámonos de una vez.

Como última etapa de la jornada, nos dirigimos a la Urbanización Alto de la Muela, una extraordinariamente larga calle (aunque denominada “avenida”) en torno a la cual se acumulan de forma monótona chalets y viviendas unifamiliares. Su posición en altura le permite unas vistas apreciables del valle del Ebro, y unas corrientes de aire que casi me tumban cuando hacía unos retratos. Jodo petaca.

Para no volver a Zaragoza por la misma ruta, alcorzamos por una pista de tierra que corta los montes y vales desde La Muela hasta llevarnos a María de Huerva. Este recorrido es sumamente tranquilo, y sólo unas perdices, a falta de conejos, alborotan un poco con su aleteo la placidez de una tarde que va cayendo rápidamente. Hay poco tráfico, lo que se agradece. Ya en María nos comemos un bocadillo de jamón de padre y muy señor mío, y regresamos a Zaragoza por la ruta del monasterio de Santa Fé, Cadrete, y Cuarte de Huerva. Ya casi nos movemos por el sur de Zaragoza como Lehman Brothers por la economía española. Digo.

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2 respuestas a La Muela

  1. Es muy recomendable leer con pausa y completo lo que escribí hace cinco años sobre La Muela:
    http://tausiet.blogsome.com/caries/

  2. Pingback: Zaragoza y su entorno | Tausiet & Zaragózame

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