Por el Picarral, al Gállego

20-12-2011. Sol de invierno suave. Cielo azulado y gris. Luz intensa. Viento de noroeste. Comenzamos la jornada en el barrio del Picarral, donde la Asociación de Vecinos, emblemático lugar de reivindicaciones, muchas aún pendientes de satisfacción. Conviven chaletes y adosados enrejados (algunos emperrados), con parcelas y solares asilvestrados. Zonas verdes con industrias olorosamente intensas. Los gatos son amables y confiados. Los pinos abovedan en gótica forma una de las arterias estructurantes del barrio, mientras altas chimeneas pretenden como que no están, pero están. Cerramos los ojos por un instante, y estamos en Cogullada, industrial, periférico y desmadejado barrio donde los haya. Referencial es, un poco más allá de Mercazaragoza, el recinto confesional que una potente entidad bancarizada emplea ahora para capacitar asalariados en una mejor optimización del beneficio de la empresa en detrimento de paganos e infieles. Tres tranquilas cogujadas en un campo coronado sirven de natural emblema a este recinto, empleado como residencia por el actual y democrático Jefe del Estado, tal y como ya hizo su precedente, el no tan democrático Centinela de Occidente. Por la carretera de Cogullada vamos tranquilamente, entre aves varias, frutales que son perales, y cultivos de borrajas zaragozanas en ocasiones techados con plástico. Suceden torres y viviendas dispersas. En el horizonte, al este, el monstruo azul de la papelera montañanesa, expulsando por cuatro chimeneas una mezcla de sulfuro de hidrógeno, dióxidos de azufre y organoclorados varios. Todo muy rico. Superado San Juan Mozarrifar, más animalicos nos van saludando por el Barrio del Comercio de Villanueva de Gállego. Unos nerviosos y ruidosos gansos hacen las funciones de perro, mientras un caballico tranquilo nos mira sin decir este hocico es mío. En la lejanía, entre unos enormes silos entrevemos una rara estructura arquitectónica que de inmediato capta nuestra atención. El proverbial sentido de la orientación del señor Tausiet nos lleva de inmediato justo hacia lo que resulta ser “Harinas Polo”, la antigua “Ceres Aragonesa”, ahora aprisionada entre sucesivas ampliaciones que prácticamente la hacen invisible. Es un edificio (el histórico, a caballo de los siglos XIX y XX) bien majo, y podemos hacer fotos sin impertinencias como las de San Juan de Mozarrifar. Pasa un tren regional en dirección a Zaragoza mientras accedemos a Villanueva. Paseamos por su extraño casco viejo, escorado hacia la vía del tren de una forma harto incomprensible. Rompiendo una antigua tradición, conseguimos comer antes de que dejen de dar comida de comer, aunque para ello nos tenemos que ir a Zuera, a un buen lugar de rica comida, buen servicio, y pan en abundancia. El café vamos a tomarlo a San Mateo de Gállego. Hacemos una parada ascendiendo, entre campos llenos de pedregosidades, hasta el Saso y la “hermita” que lo corona, toda blanca andalusí, con buenas vistas del entorno. Ya en el pueblo nos regocijamos con el veneciano discurrir de la Acequia de Camarena por el casco urbano, entre negros gatos, y gigantescos plátanos. En el entorno de la mudéjar iglesia, una buena visual del río Gállego hace que nos entre morriña del lugar donde desemboca, por lo que nos volvemos raudos, por Peñafor, hacia esta ciudad desde donde escribo estas líneas.

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