Alcubierre

08-12-2011. No sopla viento, ni hay nubes en el cielo de Zaragoza, sólo estelas del intenso tráfico aéreo sobre la ciudad, hoy soleada, de un azul intenso. Vamos a merodear por los alrededores de la Sierra de Alcubierre, natural frontera al noreste. La primera parada es Perdiguera, donde los gatos han tomado las calles mientras los humanos tosen y carraspean en su centro de supersticiones confesionales. Por el ojo de la cerradura, un explícito ejercicio de científico voyeurismo.  Con los nevados Pirineos al fondo, la siguiente cita es en Leciñena, donde repostamos para tomar un café, para comprobar que a los pastorcillos de la zona les sale barba cuando se les aparece la virgen, y que los jubilados son bastante activos. Además, es imposible rodear la iglesia sin perderse por el laberinto de callejones, y sin tener que dar casi la vuelta a todo el pueblo. Hay un cercano enclave desde cuya altura se tienen hermosas vistas, aunque haya que tener cuidado para no caerse a un pozo, o de ser aplastado por uno de los terroríficos “quads” que asolan pistas y caminos rurales. Casi coincidente con el linde provincial entre Zaragoza y Huesca, el frente bélico entre republicanos y nacionalistas ofrece infamias como la Posición San Simón, donde la proliferación de símbolos nazi-fascistas, un coche accidentado, y una tarta de manzana pasto de las moscas, nos hacen ver que este atroz lugar no volverá a ser hollado por nuestros pies. Al menos, el señor Tausiet le pudo ver el lado más buñuelesco a este enclave vil, que hasta hace poco daba nombre a una calle de Zaragoza. Sorteamos la Sierra, y pretendemos comer en el pueblo de Alcubierre, pero no es posible. Continuamos, pues, desesperanzados, pero en Lanaja encontramos un sitio brasileño-magrebí en el que nos empapuzamos por un módico precio. Hacemos la digesta visitando el pueblo, donde nos llevamos un susto al descubrir un Museo Barbie pero, afortunadamente, no se refiere a Klaus. Por una carretera que se convierte en pista, volvemos a cruzar la Sierra de Alcubierre, y hacemos un breve alto en su alto, en una de las abandonadas parideras que lo jalonan, y dejamos abiertas las puertas del coche para que se impregne de los embriagadores olores naturales a tierra, humedad, pinos, plantas aromáticas. Hasta las pocas nubecillas parecen oler bien. El café lo podemos tomar en Monegrillo, donde ascendemos a un supuesto castillo, para encontrarnos con un solitario jesús cristo y unas vistas ciertamente científicas: hasta tres observatorios escrutando un universo en expansión, con neutrinos que pretender ir más rápido que la luz. Ya se verá. Regresamos a Zaragoza, en un luminoso atardecer, tras un decepcionante día.

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  1. Pingback: Zaragoza y su entorno | Tausiet & Zaragózame

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