Jaulín, y más abajo.

23-11-2011. Después de las lluvias levemente monzónicas, que superlativas bien conocen en Bangladesh, y tras el previsible tsunami peperín, qué mejor rumbo que precipitarnos raudos sobre Jaulín. Como buenos cabras, primero ascendemos a un collado con destacada vertical (aunque artificial) alabastrina, mientras alimentamos el olfato con ricas emanaciones de la cercana panificadora industrial. Visual de plaza torturil bovina; deposiciones cuniculares doquiera; campo de entreno de caninos cinegéticos y, en lontananza, enorme molino de viento en construcción. En el pueblo nos cruzamos con un par de gatos bien poco estresados. Restos de una atávica pierna de tocino, o jamón, penden misteriosamente de una farola. Una atrayente colección de puertas verdes cerradas nos dejan con las ganas de saber lo que hay tras ellas. Poco que decir de las garrafas de agua ante puerta y su función preventiva ante perros miccionantes. La renombrada balsa y su entorno es un bello paraje, sí señor, hoy con un airado y brioso cisne negro que no hace migas con sus pares blancos, que le guardan una prudente distancia, como en el ballet. Un hermoso parque con peculiares esculturas pétreas le dan buen humor al señor Tausiet y a los dos amigos imaginarios con los que se sentó. Antes de marcharnos creemos encontrar un meteorito, pero sólo es un olivo enredado. Viva Santa Lucía. Por un firme literalmente bastante deformado retomamos rumbo sur por la A-2101, dirección Fuendetodos, por la misma ruta que Francisco de Goya cuando vino a Zaragoza por primera vez. Una parada en Vértice Parapetos, posición de los nacionalistas en la guerra 1936-39, fortificada por los marciales barbis, según reza triunfante cartel en muy españoles caracteres.

Un poco antes de llegar a Villanueva de Huerva, una parada para contemplar la destacada cota 666, o Pico de San Pablo. Ya en el pueblo, un paseo ribereño para mejor contemplar la tremenda torre árabe de la iglesia cristiana, y el atractivo puente de piedra que, al revés de la corriente impuesta, ya no es de pago por su tránsito. Aquí los gatos, por la humedad del río, tienen el pelo más largo, opino, y son de natural tranquilos. Victor al uso, tractor museístico, lavadero de postal, kakis tentadores y en su justo punto, y una enorme destilería abandonada. Las pronunciadas pendientes del pueblo, a la par que los tremendos camiones que lo transitan, a velocidades de aúpa maño, nos agotan en nuestro amable pasear, así que nos vamos a Cariñena, que ya toca papear.

Estamos un poco destemplados tras la comida, lo cual es habitual en boas como nosotros que, más que comer, ingestamos sin pausa hasta desaparecer la última migaja, lo que debe ser contrarrestado con un eficaz riego sanguíneo que, concentrado en las partes digestas, nos deja sin discernimiento ni sentidos. Más o menos como sin comer, pero ahora como más evidente. Destaca la presencia de oriundas del este del continente en el denominado “sector servicios”, como sucede a lo largo y ancho de toda la amplia periferia zaragozana. También se repite la constancia de que al otro (este) lado de la barra la media de edad de la población indígena es bastante más alta. Paseamos por calles que conducen a la fuente de vino que ya no echa vino, con el Ayuntamiento de fondo; la tremenda torre del edificio religioso principal, muy valenciana ella; el pedregoso cauce del río Frasno, sin gota de agua que mostrar. En el gran torreón vestigio del viejo recinto medieval amurallado, departimos con dos amables ancianos que apuran el último sol en el entorno más lindo de todo el pueblo. Reponemos calor con un rápido café, y nos volvemos a la vega del Huerva.

Entre campos de tierra roja y hojas de vid anaranjadas, por la A-220, viramos hacia la CV-102 destino Tosos. El vertiginoso descenso hacia el Huerva acompaña, una vez superado Santa Bárbara, una explosión de pinos por una carretera recién mejorada. Podríamos estar bajando del Moncayo, o del Pirineo, pero no, estamos a un tiro de piedra de Zaragoza. Maravilloso. Llegamos con la justa luz para un paseo por el pueblo y la ribera del río Huerva. Huele a leña quemándose en algún cercano hogar, a tierra húmeda, a árboles mojados. Las impresionantes peñas parecen precipitarse sobre el pueblo, aunque llevan decenas de miles de años erosionándose en el mismo lugar, y lo que les queda. Un amable vecino nos explica, no obstante, que si nos gustan, “que nos las llevemos”. Generoso, mas imposible, no por gusto. Aquí el Huerva clarea como uno no se podría imaginar a su paso por Zaragoza. Da gusto. Tranquilidad absoluta. De repente, un cartel nos señala a Zaragoza, y nos vamos para allá, por la A-1101, siempre con el Huerva al lado.

Pasamos al lado de las bodegas Aylés (bebida espirituosa), que al señor Tausiet le asemejan un seminario de ejercicios espirituales. Como ya es de noche, dejamos sin ver el pantano de Mezalocha, aunque no nos resistimos a entrar al pueblo que le da nombre. Una larga calle, que resulta ser la Mayor, nos conducen a un cuello de botella del que salimos por el Camino de las Bodegas, especie de ronda de circunvalación por una barranquera hormigonada, a oscuras, como por la Z-40. Retomamos la A-1101 hasta Muel, luego la N-330, la A-23, otra vez la N-330, tras perdernos por Valdespartera, y ya de regreso a Zaragoza, la vil Zaragoza. Bien cansadicos.

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