Peña del Cuervo

02-06-2011. A unos 1200 m. de la Cartuja de Aula Dei, siguiendo la A-123 en dirección Peñaflor, la telepática señalización oficial de los puntos fluviales singulares indica que estamos en la zona denominada “Peña del Cuervo”, río Gállego.
Unos cientos de metros antes, hollamos los restos de una casa de campo contemporánea que pareciera haberse visto envuelta en un activo frente bélico en un pasado reciente (años 70-80, según apresuradas catas realizadas ad-hoc). O, simplemente, ha pasado por allí una excursión organizada de amantes de ingesta de mobiliario urbano, en prácticas perirurales, por aquello de ampliar mercados y diversificar objetivos, que la crisis nos afecta a todos.
El agua nos llama siempre como las sirenas a Ulises pero, a diferencia de él, nosotros siempre caemos camelados. Y nos precipitamos, descendiendo terrazas formadas durante 60 millones de años, al cauce de este río francés en origen, que en esta zona es meandriforme, pedregoso y, hombre qué casualidad, hasta con policía de ribera en la ribera, y graffiti ñoño-amoroso incrustado en escarpe. Del soto ribereño nos llegan sonidos de cogujada, torcecuello, oropéndola, pito real, ruiseñor, urraca y corneja negra, mas sin noticias del famoso cuervo que da nombre al lugar. El agua pasa con rapidez, que el desnivel natural aún es importante en esta zona. Mientras caminamos por cantos rodados, que no son sino rocas del pirineo, la fauna de las orillas escapa a nuestra visual: ninguna otra ave que no sea volandera o cantarina, no anfibios, no reptiles, ningún representante de la ictiofauna, ni mucho menos nutria alguna.
Regresamos a la A-123 para completar, desde una Peña, la visual de la zona desde arriba, de esos tremendos escarpes conglomeráticos que el río va horadando progresivamente, haciéndoles caer tras labor de años de zapa. La decoración natural con chopos, álamos blancos, sauces, fresnos, tamarices, y los siempre agradables zarzales, redundan en un espacio como fuera del mundo en que está inscrito, y no nos queda más remedio que exclamar, rememorando al poeta “¡Coño, todo esto es tan hermoso! Piensa: ¿quién habrá hecho todo esto? ¡Mira, qué planeta tan bonito! ¡Vaya, todo está tan bien!”
Se nos echa encima la hora de comer, pillamos el bus 28, y nos movemos a Movera.
A la altura de Montañana, un extraño olor como a mezcla de col, repollo, y ornitorrinco el baño maría, nos devuelve a la realidad brutal de la urbe colonial.

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