Muel

17-05-2011. 27 km. dirección SSW nos llevan a Muel donde, por fín, tomamos ese café con hielos necesario desde mucho antes. Nos cae encima ese bochorno tonto que, aun sin sol, sacude lenta pero demoledoramente. Mas hemos venido a la presa, y a la presa que nos vamos.
Accedemos remontando el Huerva y nos topamos con los saltos de agua de un río que no parece el que vemos 27 km. más abajo. Este espectáculo conmomevor de agua, geología y verdura abundante, no es el curso del Huerva en los tiempos de la presa, pero esa historia conviene empezarla hablando de caesarugustanos, piedras, y acción.
En el siglo I de la era, soldados romanos establecidos en Caesaragusta llegaron a estos pagos y, aprovechando un natural y destacable desnivel en el río, calcularon que una intervención hidraúlica consistente en la construcción de un dique, podía generar mediante gravedad una presa de tamaño apropiado con la que garantizar el abastecimiento de agua de la Colonia de aguas abajo. Mediante elaborada fábrica de sillería a soga y tizón, levantaron un paramento de 60 m. de largo, 7 m. de ancho, y 14 m. de altura, resultando una de las cinco presas romanas más grandes de toda la península. El paso del tiempo colmató de forma natural el fondo de la presa, y el curso del río se desvió a la izquierda, que es por donde ahora discurre. Las filtraciones de la presa conformaron el estanque y un parque a los pies de la presa, hoy denominado “Parque de Muel”.
Llegaron mucho más tarde los musulmanes, que convirtieron Muel en centro comercial de la época, y construyeron mezquita justo encima de la presa romana, terreno firme y compactado hacía siglos. Y llegaron luego los cristianos, practicando el “demuele” (juego que consiste en demoler algo) con la mezquita, y construyeron justo encima la actual ermita, hoy bastante transformada y muy famosa por los retratos pintados por Goya (1770) de los santos católicos Agustín, Ambrosio, Gregorio y Jerónimo, como muy bien nos explicó el amabilísimo señor que nos explicó de cabo a rabo todo lo explicable, y aun más, cuando entramos en la ermita pensando más en lo poco que duraríamos dentro, que en recibir extraordinaria discursería sobre fuentes, vírgenes, azulejos, inquisiciones, culos, ombligos, latines, y otras variopintas temáticas con una verborreica capacidad que anonadaba e impactaba. Sin dudas sobre las que preguntar, nos salimos de la clase aturdidos, pero agradecidos. “Al menos otros dos chicos, hace algunos días, que hacían el camino de Santiago, también habían preguntado por las pinturas”, nos declamaron a coro, sin preguntarles, las señoras que esperaban el comienzo del oficio religioso de las 18 h., mientras controlaban todo lo controlable, tanto dentro, como fuera del edificio, y nos interrogaban amablemente que de dónde éramos, y tal, y tal, y tal.
Escapamos como pudimos, con digna y fina dialéctica zaragozana, y retornamos a la Colonia, que el día había sido bien, pero que bien fructífero.

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