Botorrita

17-05-2011. Lo bueno de ir por la vieja carretera de Teruel, es que tranquilidad y sosiego, las dos hadas buenas del buen conductor, te procuran un trayecto placentero. Lo malo, que cualquier intruso puede convertirlo en pesadilla. Así las cosas, entramos en Botorrita seguidos por (perseguidos) un vehículo rojo que, como un clon pegado, repetía acelerones, paradas, desde kilómetros antes, sin adelantar nunca. Un presentimiento nos atenazaba desde que fotografiamos la pirámide natural de Cadrete, una extraña sensación corpórea de difícil traducción, salvo por una expresión terrible: Lost highway. Aturdidos por la persecución, nos metimos por una pista equivocada que nos hizo perder una hora de tiempo. Pero el coche ya no nos seguía. Como insensatez es nuestro tercer apellido, aprovechamos esa hora perseverando en la captura de más imágenes de zigurats (pirámides escalonadas) y esfinges descabezadas, talladas en los circundantes montes. Y todo esto, sin que el sol nos insolara en ningún momento.
Regresamos a Botorrita, ya bien direccionados hacia el Cabezo de las Minas, donde se encuentra el yacimiento de Contrebia Belaisca, poblado por humanos entre los siglo s V-I antes de la era, en que fue convenientemente romanizado, en este caso, destruido, que los romanos eran bastante dialécticos, y lo mismo te levantaban un foro, que te catapulteaban piedros alabastrinos, y ambas cosas era romanización.
El yacimiento está cubierto en la parte ya excavada (falta mucho aún por remover) por un techo protector, que con el viento se convierte en tenebroso órgano natural BSO de películas de miedo. El conjunto anda como bastante abandonado, no porque no viva gente, eso está claro, sino por el deterioro de las instalaciones y la sensación dominante de que el yacimiento está, es importante, pero que si no costara mantenerlo, y mejorarlo, mejor. Y eso es imposible. Hay una empresa de tratamiento de áridos justo al lado del yacimiento que, literalmente, se incrusta en la superficie protegida, ilustrando perfectamente la fundamentada simbiosis aragonesa entre ecología y desarrollo.
Nos vamos a Mozota con una sensación agridulce, como la que te deja la salsa que acompaña al cerdo cocinado en un restaurante chino.
Tal vez nos falte un segundo café.

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