Belchite: el Pozo de los Chorros

12-05-05. El Pozo de los Chorros es otro de esos espacios impensables que nos perirodean. A bien poca distancia de los Belchites, el río Aguasvivas deja de ser oximorónico al convertir las jurásicas y apacibles lomas de la zona en una escalonada sucesión de cañones, pozas, y saltos de agua que forman un conjunto agradablemente sorprendente, y muy atractivo. La acción fluvial esculpe, erosiona y da esplendor los miocénicos carbonatos de origen marino, de cuando el valle del Ebro era el fondo de un mar.
El acceso a este lugar es, cómo decirlo, bastante intuitivo.
A la primera intentona, nos metimos por la carretera de Lécera, que pasa el Aguasvivas, y mete la directa hacia las estepas, pero pronto caímos en el error. Aprovechamos para ruinear el Antiguo Seminario de Belchite, a la derecha de la carretera. A la izquierda queda la “Rusia”, nombre del campo de concentración de los presos republicanos que levantaron involuntariamente el Belchite nuevo.
Regresamos sobre las huellas neumáticas y lo intentamos por segunda vez.
Los lugareños han señalizado la ruta a la manera local (poca, ambigua, y siempre creativa). Los conceptos fundamentales son Belchite dirección Fuendetodos, desvío a la izquierda (la carretera se convierte en pista) cuando un pequeñito cartel manufacturado artesanalmente reza “Pozo de los Chorros”, desvío a la derecha siguiendo la indicación pintada a mano en la pared, seguir en dirección a “El Tercón” (otro sinónimo de zaragozano), no asustarse cuando el relieve se encajona mucho, ir descendiendo hasta una finca particular (Hermanos Villar) con plaza de toros incluida, dejar vehículo (la pista desaparece) y seguir a pie por sendero que baja hasta el río.
Conseguir las mejores vistas del conjunto de saltos y pozas requiere habilidades arácnidas, y merece la pena.
Las pelusas plataneras también han invadido la zona.
Un caballo sordo pasta despreocupado del cencerro que, a modo de inmisericorde batucada, pende de su cuello.
Desde la finca nos observan como se hace con los merodeadores de las cárcavas, lo cual nos incomoda, porque no somos sino amables y pertinaces peripaseadores, así que adiós muy buenas.

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